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jueves, 21 de octubre de 2010

“EL SEÑOR DE LOS MILAGROS” vs. ÉXODO 20:4-6: UNA MUESTRA DE IDOLATRÍA

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El mes de octubre, en Perú, es el mes morado. Miles de personas, de todas las clases sociales y edades, se acuerdan en menor y mayor grado del “Señor de los Milagros”, que por meses pasa desapercibido probablemente en un cuadro o una escultura en las casas de no pocos peruanos. Los devotos desempolvan la túnica de color morado para usarlo por espacio de un mes, como parte de un compromiso hecho con la imagen al “Señor de los Milagros”.
Por otro lado, la Iglesia de las Nazarenas, en Lima, se torna el foco de atención entre los limeños devotos del “Señor de los milagros”, pues es allí donde la imagen del “Cristo moreno” permanece por espacio de un año.
La celebración a esta imagen no es meramente religiosa sino también política, pues como es sabido, la religión oficial del Perú es la católica, y por ende, no es raro ver a los líderes políticos y religiosos muy unidos por esas fechas.
En las ciudades estrictamente católicas (como Lima y ciudades serranas y costeñas especialmente) las procesiones son verdaderamente espectaculares, recorren  las avenidas principales de la ciudad (que se encuentran decoradas con alfombras de flores) cargando la pesada imagen del “Señor de los Milagros”. Los varones (agrupados en cuadrillas debidamente  inscritas) son los responsables de cargarlo, y las sahumadoras (espontáneamente se constituyó el 2 de noviembre de 1878), especialmente las mujeres acompañan cantando el tradicional cántico dedicado al “Señor de los milagros” que entre otras cosas dice: “Señor de los milagros, a ti venimos en procesión, tus fieles devotos a implorar tu bendición… paso que guía de buen cristiano hagamos grande nuestro Perú, y unidos todos como hermanos, te suplicamos nos des tu luz… ”.
No obstante, en ciudades católicas moderadas (como es el caso de la selva y otras ciudades), las procesiones son sencillas, siguiendo las tradiciones. Sin embargo, es más conocido las “pandilladas” o “veladas” a la imagen del “Señor de los milagros” es mucho más frecuente. Estas fiestas consisten en una introducción de cánticos e himnos, oraciones que no pasan de una hora o dos, pero que después de ella, se procede a tapar con un lienzo oscuro o tela negra la imagen  (para que no vea lo que sigue), para iniciar la fiesta con danzas, a ritmo de tambor y flauta (o quena, instrumento de viento), beben tragos exóticos y la fiesta termina (como en la mayoría) en peleas y riñas muy lejanas a la “idea original”.
Pero, ¿a qué se debe tanta devoción a la imagen del “Señor de los milagros”?

Breve historia del “Señor de los milagros”
Cuenta la tradición que en el siglo XVII un esclavo pintó la imagen de Cristo crucificado en un solar de Pachacamilla, en Lima, sobre un muro de adobes mal enlucido, que no sufrió daño alguno durante el terremoto de 1655, que destruyó parte de Lima y Callao; lo cual motivó una devoción popular que fue creciendo con el paso de los años.
En 1670, Antonio León, piadoso limeño, se dedicó al cuidado permanente de la imagen no menoscabada a pesar del tiempo transcurrido. Así la gente comenzó a reunirse, todos los viernes por la noche a rezar y cantar acompañados de arpa y cajón. Estas reuniones no fueron aprobadas por Don José Laureano Mena, cura de la parroquia de San Marcelo, quien el 5 de septiembre de 1671 obtuvo autorización para destruir el muro. Este acto que no pudo llevarse a cabo porque todos los que intentaban destruirla, quedaron paralizados y aterrorizados. Este acontecimiento provocó el asombro del Virrey Conde de Lemos que se apersonó a conocer la imagen y nombró como mayordomo para su cuidado a Juan Quevedo y Zárate quien luego de celebrada la primera misa en su honor, edificó una capilla en el mismo lugar que hoy ocupa la iglesia de las Nazarenas. También se agregaron a la imagen, las pinturas de Dios Padre, y del Espíritu Santo, pues anteriormente se había añadido la virgen María y de san Juan.
En 1746, otro terremoto asoló Lima y Callao, muriendo más de5000 personas pero la imagen permaneció incólume. Este infeliz suceso acrecentó la fe en la imagen y en 1749 ya se realizaba procesiones por varios días. La capilla, con el pasar del tiempo necesitaba reconstruirse, y así fue, en 1766 a iniciativa del virrey Amat y Juniet, la capilla se inaguró en 1771.
En la actualidad, la imagen del “Cristo Moreno”, o más conocido como el Señor de los Milagros, tiene adeptos que no son de Perú solamente sino que sus seguidores y devotos vienen de distintas partes del mundo todos los 18, 19 y 28 de octubre para celebrar las famosas procesiones en honor al  Señor de los Milagros. El pasado domingo 16 de octubre del 2010 el presidente de la república del Perú, Dr. Alan García, lo nombró al Señor de los Milagros, patrono de la fe cristiana del Perú. Sin duda el mes de octubre es conocido como el mes morado.

Culto a las imágenes en la Iglesia Católica Apostólica y Romana
Después de que la iglesia cristiana fuera perseguida cruelmente por el imperio romano hasta principios del siglo IV, una “luz de esperanza” parecía avizorarse para el cristiano oprimido  por largos años, era la conversión de Constantino.
“La conversión nominal de Constantino, a principios del siglo cuarto, causó gran regocijo; y el mundo, disfrazado con capa de rectitud, se introdujo en la iglesia. Desde entonces la obra de corrupción progresó rápidamente. El paganismo que parecía haber sido vencido, vino a ser el vencedor. Su espíritu dominó a la iglesia. Sus doctrinas, ceremonias y supersticiones se incorporaron a la fe y al culto de los que profesaban ser discípulos de Cristo.”[1]
Sin duda el “cuerno pequeño” (Dn. 7:8, 24, 25) empezaba de esa manera su obra maestra, introducir una falsa adoración y todo un sistema de culto muy diferente al de la Biblia. Para congraciarse con el pueblo, Constantino, no solo aceptó la fe cristiana sino que la declaró como la religión oficial del imperio. No hay duda que este detalle desencadenó la caída más grande de la fe cristiana de los primeros siglos.
Pero, ¿cómo es que logró introducir una serie de doctrinas, ceremonias y supersticiones a la fe cristiana que se contrapone categóricamente a través de las Sagradas Escrituras? Pues tan simple como parezca, apartando de la cristiandad justamente eso, las Sagradas Escrituras, la Biblia.
“Una vez suprimido lo que descubría el error [La Biblia], Satanás hizo lo que quiso. La profecía había declarado que el papado pensaría "mudar los tiempos y la ley." (Daniel 7: 25.) No tardó en iniciar esta obra. Para dar a los convertidos del paganismo algo que equivaliera al culto de los ídolos y para animarles a que aceptaran nominalmente el cristianismo, se introdujo gradualmente en el culto cristiano la adoración de imágenes y de reliquias. Este sistema de idolatría fue definitivamente sancionado por decreto de un concilio general. Para remate de su obra sacrílega, Roma se atrevió a borrar de la ley de Dios el segundo mandamiento, que prohíbe la adoración de las imágenes y a dividir en dos el último mandamiento para conservar el número de éstos. El espíritu de concesión al paganismo fomentó aún más el desprecio de la autoridad del Cielo. Obrando por medio de directores inconversos de la iglesia, Satanás atentó también contra el cuarto mandamiento y trató de echar a un lado el antiguo sábado, el día que Dios había bendecido y santificado (Génesis 2:2, 3), para colocar en su lugar el día festivo observado por los paganos como "el venerable día del sol [el domingo]."[2]
            Es decir, sin la Biblia como regla de autoridad y fe, el cristianismo se tornó en cualquier otra cosa, menos en la religión que Cristo enseñó a sus discípulos y la cual solo un remanente guardó a través de toda la historia.
            Cuando el emperador Constantino logró un acercamiento entre el imperio y la iglesia en el siglo IV, se produjeron transformaciones significativas. Creció el denominado “culto inferior”, es decir, “la veneración a los santos, las santas, las reliquias y las imágenes, y las peregrinaciones a lugares sagrados”.[3] Esta tendencia habría se perdurar e incrementarse en la Edad Media. La religiosidad de este tiempo se convirtió muchas veces en superficial, idolátrica, supersticiosa y ritualista.
            Las controversias por las imágenes, del siglo VIII, pusieron al tema en discusión y consolidaron la posición católica. El Concilio Ecuménico de Nicea del año 787 hizo distinción entre tres clases de adoración: el culto a Dios, llamado latría, o adoración; el culto a los santos, llamado dulía, o veneración; y el culto a la Virgen, denominado hiperdulía. La postura medieval sobre el particular fue ratificada en el Concilio de Trento en contraposición a la actitud de los reformadores. El Concilio Vaticano II reafimó la profesión de la veneración y devoción a los apóstoles, los mártires, María, los ángeles y los santos.[4]

LA BIBLIA Y LA IDOLATRÍA
            A lo largo de la Biblia, desde el Génesis al Apocalipsis, existen numerosos pasajes en las que hombres adoran a ídolos e imágenes hechos de diversos materiales, sin embargo en su gran mayoría no pertenecían al pueblo escogido por Dios.
La idolatría se practicó desde muy temprano en la historia.  Los antepasados inmediatos de Abrahán "servían a dioses extraños" (Jos. 24:2).  Los patriarcas se dedicaron a la adoración monoteísta de Jehová, pero miembros de sus familias fueron influidos a veces por la idolatría (Gn. 31:30, 32-35; 35:1-4).  Fue un pecado frecuente en Israel (Dt. 32:16; 2 R. 17:12; Sal. 106:38) y una preocupación más que pasajera en la iglesia cristiana primitiva (1 Co. 12:2).  El paganismo cananeo era popular por causa de sus bajas normas éticas en contraste con las elevadas de la religión hebrea, y la religión más exigente a menudo era abandonada por la adoración más fácil de Baal.
Desde la conquista de Canaán hasta la cautividad babilónica, la idolatría fue una modalidad persistente y desmoralizadora en la experiencia de Israel.  En el período más temprano se repetía una y otra vez este esquema: Israel caía en la idolatría y era víctima de la agresión (Sal. 106); luego surgía un juez que lo liberaba y restablecía el culto a Yahweh.  La fluctuación entre la adoración al Dios de Israel y la idolatría prosiguió durante el tiempo de los reyes, con frecuencia fortalecida por alianzas políticas y casamientos con paganos (1 R. 11:1-13; etc.).  En esos tiempos la batalla contra los ídolos fue encabezada por profetas: Elías desafió al idólatra Acab (21:17-27); Amós previno al pueblo de que la cautividad sería el resultado de la adoración a dioses falsos (Am. 5:1, 26, 27); Oseas denunció el "becerro de Samaria" (Os. 8:4-6); Isaías ridiculizó la locura de adorar la obra de las propias manos (Is. 44:9-20); Jeremías predijo el castigo divino como resultado de la adoración de ídolos (Jer. 7:16-20, 29-34); Ezequiel anunció la desolación del país por causa de la idolatría (Ez. 6). La repetición de estas advertencias es muy frecuente, lo que indica la seriedad del problema en tiempos del AT.
Durante el cautiverio, los israelitas aprendieron la lección con respecto a la idolatría. Su rechazo de las imágenes llegó a ser tan fuerte y duradero que siglos más tarde consideraron que aun los estandartes romanos los contaminaban; y hasta llegaron a destruir el águila de oro del templo de Herodes.  Hicieron todo esfuerzo posible por aislarse de cualquier influencia que pudiera inclinarlos hacia la idolatría.  La nueva adoración en la sinagoga, que era muy común en tiempos del NT, fue una protección efectiva contra la influencia extranjera.  La tendencia anterior de confraternizar con las naciones vecinas dio lugar a un aislamiento fanático (Jn. 4:9; Hch. 10:28) que tuvo consecuencias muy negativas.

“EL SEÑOR DE LOS MILAGROS” vs. ÉXODO 20:4
El problema de la idolatría era tan grave en la antigüedad que los primeros 2 mandamientos del Decálogo se ocupan en forma muy definida de esta fase de la vida religiosa (Ex. 20:3-6).  Durante el período del éxodo hubo 2 violaciones notables de estos mandamientos: primero fue la adoración del becerro de oro (cp 32); segundo, la apostasía en Sitim, donde Israel cayó en las prácticas licenciosas de la idolatría moabita (Nm. 25:1, 2).
            El segundo mandamiento expresa con claridad: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que hay arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni debajo del agua. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás. Porque el Señor tu Dios soy Yo, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos, hasta la tercera y la cuarta generación, a los que me aborrecen” (Ex. 20:4-6).
            El catecismo católico omite este mandamiento en forma desafiante a la autoridad de la Biblia enseñando por Cristo (Mt. 5:17, 18).

¿Por qué Dios prohíbe las imágenes o ídolos para representarlo?
            Salomón dijo: “He aquí, los cielos y los cielos de los cielos no te pueden contener, ¿cuántos menos esta casa que yo he edificado?” (2 Cr. 6:18). Si lo más hermoso que pudo hacer Salomón era insignificante para adorar a Dios, ¿qué decir de los ídolos de metal, yeso, etc?
            Por más grandes y costosos, de las más hermosas piedras preciosas y del material más fino, nada de ello puede ser comparado con todo lo que Dios es. Lo único que hacen esas imágenes e ídolos es empequeñecer a Dios. Inevitablemente lo reducen al tamaño de un concepto netamente humano. Y este es, en realidad, el meollo del asunto. Una pobre imagen mental de Dios es el pecado fundamental que el segundo mandamiento quiere ayudarnos a evitar.[5]

¿Un “Dios” que necesita ser cargado?
Es penoso, particularmente para mí, ver a miles y miles de personas llorando y creyendo que esa imagen del “Señor de los milagros”, los escucha, les responde, y los consuela como ellos aseveran con gran seguridad.
El salmista dice: “No a nosotros, oh Eterno, no a nosotros, sino a tu Nombre da gloria, debido a tu invariable amor y a tu fidelidad. Por qué dirán las naciones: "¿Dónde está su Dios?" Nuestro Dios está en el cielo, y hace lo que quiere. Los ídolos son plata y oro, obra de manos de hombres. Tienen boca, pero no hablan; tienen ojos, pero no ven. Orejas tienen, pero no oyen; tienen nariz, pero no huelen. Manos tienen, pero no palpan; tienen pies, pero no andan; ni hablan con su garganta. Como ellos son los que los hacen, cualquiera que en ellos confía. Oh Israel, confía en el Eterno. El es tu ayuda y tu escudo. Casa de Aarón, confía en el Eterno. El es tu ayuda y tu escudo. Los que reverenciáis al Señor, confiad en él. El es vuestra ayuda y vuestro escudo. El Eterno se acuerda de nosotros, y nos bendecirá. Bendecirá la casa de Israel, bendecirá la casa de Aarón, bendecirá a los que la respetan, a pequeños y a grandes. El Eterno aumentará bendición sobre vosotros, sobre vosotros y sobre vuestros hijos. Que vosotros seáis bendecidos por el Señor, que hizo el cielo y la tierra. Los altos cielos son del Eterno, pero dio la tierra a los hombres. Los muertos no alabarán al Señor, ni cuantos descienden al silencio. Pero nosotros exaltaremos al Eterno, ahora y siempre. ¡Alabad al Señor!” (Sal. 115: 1-18).
Sin duda, la sociedad actual es así, prefiere creer en “cuentos de hadas”, en supersticiones vanas que lo único que hacen es alejarlos más y más de Dios. Eso es lo que Satanás busca, que la humanidad se aleje de Dios a través de los ídolos, santos, imágenes, pues sabe que a Dios no le gusta compartir adoración, pues es fuerte y celoso (Ex. 20:4).
Acabo de leer en las noticias que en una iglesia católica de Perú justamente ayer en la madrugada ladrones hurtaron todo el encofrado de plata que adornaba la imagen del “Señor de los milagros”. Esto es patético, ¿cómo el “Señor de los milagros”, el Dios mismo supuestamente, puede ser humillado?
Lo único que provoca esta noticia es sentir pena por la pobre imagen. ¿Es eso lo que creemos de Dios? ¿Creemos en un Dios que debe ser cargado, cambiado, limpiado cual bebé indefenso? La Biblia me presenta a un Dios todo Poderoso que un día con sólo su presencia hizo desaparecer a muchos, y que le dijo a Moisés que nadie puede verlo pues moriría.

El culto a las imágenes es una obra de Satanás
            Satanás fue arrojado del cielo justamente porque deseaba ser como Dios, sentarse en el trono de Dios, quería ser adorado y alabado. Quería que le rindan adoración a él pues era también hermoso y poderoso. Sin embargo, estaba pidiendo algo que sólo le pertenecía a la deidad, a Dios. Es por ello que a lo largo de la historia de la humanidad siempre buscó desviar a hombres y mujeres de la verdadera adoración, que es “en espíritu y en verdad” (Jn. 4:24).
            El Gran Conflicto entre Cristo y Satanás se inició por el tema de la adoración. Satanás quería, quiere y querrá ser adorado como Dios, y para ello utiliza diversos medios, imágenes, ídolos, santos, etc. Todo lo que no es del agrado de Dios es del agrado de Satanás. Y si yo adoro y venero a hombres muertos, santos y santas de mis preferencias, estoy desobedeciendo lo que Dios en su Palabra me dice (Ex. 20:4-6) y por ende estoy obedeciendo a Satanás.

La idolatría es un asunto serio
Muchos católicos sinceros no ven con malos ojos el asunto de la adoración a imágenes pues aseveran que no es idolatría, sino que es una imagen, una ayuda para acercarse más a Dios. Muchos dicen que no están adorando a la imagen del “Señor de los milagros”, sino al mismo Señor de los milagros.
Y cuando rezan frente a las imágenes de los santos, la Virgen María, y ángeles lo único que están haciendo es mirar la imagen para concentrarse y no distraerse. Ellos le rezan pues se sienten indignos de ir directamente a Dios, por ello interceden a los santos y los santos a María, la virgen y ella va a Jesús, pues es su madre, y como es su madre el hijo le obedece.
Loco pensamiento, se olvidan de que JESÚS ES DIOS. Y que “es el único mediador entre Dios y el hombre, Jesucristo hombre” (1 Tim. 2:5). No hay razón de venerar a imágenes ni a ídolos, vayamos a Dios directamente en oración. Cristo es nuestro intercesor (Jn. 16:27).

CONCLUSIONES
            En primer lugar, se debe tener en cuenta que el asunto de veneración a imágenes es un asunto de adoración y es este tema el meollo del Gran Conflicto entre Cristo y Satanás.
            En segundo lugar, la adoración que Dios dispuso en su palabra a través de toda la Biblia es “en espíritu y en verdad” (Jn. 4: 24).
            En tercer lugar, el ingreso de todo el sistema de adoración a Dios a través del culto a imágenes de Dios, la Virgen, los santos y ángeles es obra de Satanás ingresados después de la conversión nominal de Constantino a principios del siglo IV.
            En cuarto lugar, los romanos tenían un sin número de dioses, las cuales fueron sustituidos por los santos, la virgen, ángeles, etc.
            En quinto lugar, Dios en su Palabra prohíbe todo tipo de idolatría, pues lo único que logra ese tipo de culto a imágenes o ídolos es “distorsionar la verdadera naturaleza de Dios”, y Dios no es un Dios de materia inerte.
            En sexto lugar, Dios condena en su Palabra ese tipo de adoración y culto, tanto así que les promete el fuego eterno en el día final (Apo. 21:8), a todo adorador falso.
            En séptimo lugar, debe recordarse que el único medidor entre Dios y los hombres es Cristo (1 Tim. 2:5), nadie más, ni siquiera la “virgen María”, que en la Biblia nada dice acerca de su ascensión y su labor como intercesora, por tanto es simplemente una herejía terrible.
            En octavo lugar, Satanás sabe que le queda poco tiempo y por ello hizo, hace y hará todo lo posible para que tú y yo nos apartemos de la adoración verdadera, y nos distraigamos con imágenes absurdas y simples.
            Finalmente, es probable que muchos se hayan encontrado con este escrito y noten que es un tanto duro. Disculpas desde aquí, pero hemos estado orando para que este escrito llegue hasta ti. Vaya a la Biblia, yo fui católico, pero fue la Biblia, la misma Biblia latinoamericana la que abrió mis ojos y me mostró que estaba en error. Hoy es tiempo, vé a Jesús ora directamente al Padre para que te dé luz que necesitas. No necesitas confesarte a hombres simple, confiesa tus culpas a Dios en oración, háblale como si fuera un amigo, cuéntale todo lo que te pasa, y no te defraudará.

Pr. Heyssen J. Cordero Maraví


[1] Elena G. de White, El conflicto de los siglos (Buenos Aires: ACES, 2005), 53, 54.
[2] Ibid. 55, 56.

[3] Daniel Plenc, El culto que agrada a Dios (Buenos Aires: ACES, 2007), 34.
[4] Ibid.
[5] Loron Wade, Los diez mandamientos (Buenos Aires: ACES, 2007), 25, 26.

lunes, 4 de octubre de 2010

"FORJANDO UNA IDENTIDAD"


"Y dijo Moisés a Jehová: Mira, tú me dices a mí: Saca este pueblo; y tú no me has declarado a quién enviarás conmigo. Sin embargo, tú dices: Yo te he conocido por tu nombre, y has hallado también gracia en mis ojos. Ahora, pues, si he hallado gracia en tus ojos, te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos; y mira que esta gente es pueblo tuyo. Y él dijo: Mi presencia irá contigo, y te daré descanso. Y Moisés respondió: Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí. ¿Y en qué se conocerá aquí que he hallado gracia en tus ojos, yo y tu pueblo, sino en que tú andes con nosotros, y que yo y tu pueblo seamos apartados de todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra? Y Jehová dijo a Moisés: También haré esto que has dicho, por cuanto has hallado gracia en mis ojos, y te he conocido por tu nombre". Éxodo 33:12-17


Cuando al Presidente de la Asociación General, William Ambrose Spicer, se le preguntó: “¿Qué sería usted si no fuera un adventista del séptimo día?”, la persona que hacía la pregunta esperaba, sin duda, que él identificara a alguna denominación que tuviera muchas doctrinas en común con las nuestras – posiblemente los Bautistas del Séptimo Día, en cuya iglesia Spicer había crecido. Pero sin vacilar, el Pastor Spicer respondió: “Estaría avergonzado de mí mismo”.

¿Avergonzado? ¿Por qué? ¿Qué ES un adventista del séptimo día? ¿Por qué elegimos ESE nombre? ¿Por qué, en todo caso, necesitamos un nombre? Para mí, una historia del libro de Éxodo ilumina estos aspectos relacionados con nuestra identidad.

En la secuela de la horrible apostasía ocurrida al pie del Monte Sinaí, con la adoración al becerro de oro, Dios le dijo a Moisés que prosiguiera con el pueblo hacia la Tierra Prometida. Pero Moisés no estaba dispuesto a hacerlo solo. Solamente iría si Dios iba con ellos.

En Éxodo 33 encontramos una conversación en tres partes entre Moisés y Dios, y en ella descubrimos la estrecha relación entre los dos, el urgente deseo de este líder de conocer verdaderamente a Dios, y también el secreto de nuestra identidad.

Interacción Número Uno (Éxodo 33:12-14)
Moisés comienza declarando su dilema: “Tú me has dicho que conduzca este pueblo a la Tierra Prometida”, le recuerda a Dios, “pero tú mismo no me has dicho a quién enviarás conmigo”. Moisés todavía está conmocionado por el mensaje de Dios registrado en los versículo 1-3: “Anda, sube de aquí, tú y el pueblo que sacaste de la tierra de Egipto, a la tierra de la cual juré a Abrahán, Isaac y Jacob, diciendo: ‘A tu descendencia la daré’; y yo enviaré delate de ti un ángel, y echaré fuera al cananeo y al amorreo, al heteo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo. Sube a la tierra que fluye leche y miel; pero yo NO subiré en medio de ti, porque eres pueblo de dura cerviz, no sea que te consuma en el camino.”

Dios afirma claramente que él NO subirá con ellos, porque son “un pueblo obstinado“, y porque él podría destruirlos en el camino.

El pueblo de Israel respondió humildemente a la declaración de Dios y se vistieron de luto y se quitaron sus ornamentos, de acuerdo al pedido de Dios. Moisés nuevamente se acerca al Señor con un pedido. En el versículo 12 Moisés le recuerda a Dios de su afirmación personal: “Tú has dicho: Yo te he conocido por tu nombre, y has hallado gracia en mis ojos”.

“Ahora, pues”, suplica Moisés: “si he hallado gracia en tus ojos, te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos”(33:13). Aquí Moisés sugiere un curioso círculo para conocer a Dios.

1. “Si he hallado gracia…
2. muéstrame ahora TU CAMINO,
3. para que te conozca a TI,
4. y así halle gracia…”

Aprendemos a conocer a Dios al aprender a conocer SUS CAMINOS, y este proceso nos lleva a una relación descrita como “hallar gracia”.

Moisés entonces le recuerda a Dios de algo más: “y mira que esta gente es pueblo TUYO”. Esto puede ser una referencia a la orden de Dios registrada en el versículo 1: ”Anda, sube de aquí tú y el pueblo que TÚ sacaste de la tierra de Egipto”. Estas palabras deben de haber estado estrujando el corazón de Moisés debido al mensaje de Dios registrado en el capítulo anterior (32:7,8): “Anda, desciende, porque TU pueblo que sacaste de la tierra de Egipto se ha corrompido. Pronto se han apartado del camino que yo les mandé, se han hecho un becerro de fundición, y lo han adorado, y le han ofrecido sacrificios, y han dicho: Israel, estos son tus dioses que te sacaron de la tierra de Egipto”.

Dios responde entonces bondadosamente: “Mi rostro, mi presencia, irá contigo, y te daré descanso” (33:14).

Interacción Número Dos (Éxodo 33:15-17)
Sin embargo Moisés insiste: “Si tu presencia NO ha de ir conmigo, NO nos saques de aquí”. En otras palabras: “Yo no conduciré a TU pueblo ni un kilómetro, si TÚ no eres nuestro líder”. Y luego explica por qué: “Porque en qué se conocerá aquí que he hallado gracia en tus ojos, yo y TU pueblo, sino en que TÚ andes con nosotros, y que yo y TU pueblo seamos apartados de todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra?” La presencia misma de Dios es lo que nos distingue de todo otro pueblo. Es SU PRESENCIA lo que nos da nuestra identidad.

El Señor le asegura a Moisés: “También hare esto que has dicho, por cuanto has hallado gracia en mis ojos, y te he conocido por tu nombre.”

Interacción Número Tres (Éxodos 33:18-23)
Alentado por las promesas de Dios, Moisés urge un pedido más: “Te ruego que me muestres tu GLORIA”. “Tú has prometido que Tu Rostro, Tu Presencia, irá con nosotros –Muéstrame”.

Dios respondió: “Yo hare pasar todo mi bien delante de tu rostro, y proclamaré el nombre de Jehová delante de ti”. ¿Y qué es este “bien”? “Y tendré misericordia”, aseguró el Señor a Moisés, “del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente”. Pero ¿qué acerca del Rostro de Dios? “No podrás ver mi Rostro”, le dijo el Señor a Moisés, “porque no me verá hombre, y vivirá”. Pero: “yo te pondré en una hendidura en la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Después apartaré mi mano, y verás mis espaldas, mas no se verá mi rostro.”

Sinopsis
1. Conocer los CAMINOS de alguien es conocerlo a ÉL. En el vs. 13 Moisés dice: “te ruego ahora que me muestres tu camino para que te conozca”.

2. El NOMBRE de una persona describe sus CAMINOS. En el vs. 19 Dios asevera que SU NOMBRE es su carácter –sus CAMINOS. Así, el nombre de uno viene a ser su IDENTIDAD.

3. La Presencia de Dios con nosotros define nuestros CAMINOS, y por lo tanto viene a ser nuestra IDENTIDAD y nos distingue de otros (vs.16).

Paralelo con el movimiento adventista

En los meses que precedieron al “Gran Chasco”, aquellos que esperaban el pronto retorno de Cristo vinieron a ser conocidos como “Adventistas”. Pero la confusión (conocida por los creyentes de entonces como “el tiempo de la dispersión”) vino luego de pasar la fecha esperada para el Advenimiento, y el nombre “Adventista” se tornó muy impreciso. ¿Eran “Adventistas” aquellos que estaban fijando nuevas fechas para la venida de Cristo? ¿Eran “Adventistas” aquellos que se estaban mudando a Jerusalén para establecer los servicios del templo allí? ¿Eran “Adventistas” aquellos que con Guillermo Miller determinaron esperar que el Señor viniera en cualquier día? ¿O eran “Adventistas” aquellos que vieron a Jesús en el Lugar Santísimo del santuario celestial, y que guardaban el Sábado del séptimo día?

La respuesta es “Sí” –para todos ellos. El problema venía al tratar de identificar a cualquiera de esos grupos individualmente y específicamente. Sin embargo, el tiempo tiene una manera de resolver las cosas, y la iglesia remanente de Dios comenzó a forjar su propia identidad. (Los creyentes de entonces se referían a esto como “el tiempo de reunión”) En una carta dirigida a la oficina de la Review en Rochester, New York, con fecha 20 de marzo de 1853, y enviada desde Tomkins, Michigan – un pequeño pueblo justo al noroeste de Jackson— Steven T. Cranson se refería a los Adventistas guardadores del Sábado como “Adventistas del Séptimo Día”. De esta manera él los distinguía de los otros grupos.

Siete años y medio después, a fines de setiembre y comienzos de octubre de 1860, una conferencia general (cuando la iglesia todavía no estaba organizada) se llevó a cabo en Battle Creek, Michigan. Entre los asuntos importantes que se discutieron estaba la incorporación legal de la obra publicadora. Para esta incorporación era necesario un nombre, y la pregunta obvia era: ¿cuál sería el nombre?

Un Jaime White algo frustrado comentó: “Me parece que el niño está ya tan crecido que resulta demasiado embarazoso que no tenga nombre”. Así, el comité votó que deberían adoptar un nombre. Pero ¿qué nombre? Algunos recomendaron “Iglesia de Dios”, en tanto que otros objetaron debido a que no era específico, o porque sonaba demasiado arrogante.

David Hewitt, “el hombre más honesto en el pueblo”, y que fue el primer converso conseguido por Bates en Battle Creek, hizo la siguiente propuesta: “Resuelto, que tomemos el nombre de Adventistas del Séptimo Día”. ¡El mismo nombre empleado por Cranson en 1853! “Tomar el nombre”, sin embargo, sonaba a algunos como demasiado cercano a aquellos en la torre de Babel que desearon “hacer un nombre”. La propuesta fue retirada y reemplazada por la resolución de “que nos llamemos Adventistas del Séptimo Día”.

Durante unas pocas semanas luego de esto la idea fue puesta en circulación en las páginas de la Advent Review and Sabbath Herald, y recomendada a cada grupo de creyentes. Así la Asociación Publicadora Adventista del Séptimo Día fue incorporada legalmente y aún hoy en día opera en Hagerstown, Maryland bajo el nombre de “Asociación Publicadora Review and Herald”.

El 23 de diciembre, poco menos de tres meses después de esta conferencia, y solamente nueve días después de que el pequeño John Herbert White muriera, Elena recibió una visión bosquejando algunas de las necesidades urgentes del pueblo de Dios. Fue consignada por escrito y publicada como Testimonio, Número 6, que ahora se encuentra en Testimonios para la Iglesia, volumen 1, pp. 204,205.

“Recibí una revelación acerca de la adopción de un nombre por el pueblo remanente de Dios. Se me presentaron dos clases de personas. Una abarcaba las grandes organizaciones cuyos miembros profesaban ser cristianos. Estos pisoteaban la ley de Dios y se postraban ante una institución papal. Observaban el primer día de la semana como si fuera el Sábado del Señor.

“La otra clase, en la cual había pocas personas, se postraba ante el gran Dador de la Ley. Ellos observaban el cuarto mandamiento. Los rasgos prominentes y peculiares de su fe eran la observancia del séptimo día y esperar la aparición de nuestro Señor [viniendo] del Cielo…..

“No podríamos tomar un nombre más apropiado que el que concuerda con nuestra profesión, expresa nuestra fe, y nos señala como un pueblo peculiar….

“El nombre adventista del séptimo día presenta las verdaderas características de nuestra fe, y convencerá a la mente inquisitiva. Como una flecha de la aljaba del Señor, herirá a los transgresores de la ley de Dios, e inducirá al arrepentimiento para con Dios y a la fe en nuestro Señor Jesucristo.

“Me fue mostrado que casi todo fanático que ha surgido y que desea ocultar sus sentimientos a fin de arrastrar a otros, asevera pertenecer a la iglesia de Dios. Un nombre tal despertaría enseguida sospecha, porque se emplea para ocultar los más absurdos errores. Este nombre es demasiado indefinido para el pueblo remanente de Dios. La influencia de un nombre tal llevaría a suponer que tenemos una fe que deseamos encubrir.”

Conclusión
¿Por qué el nombre “Adventista del Séptimo Día”? Porque describe lo que creemos. Les dice a otros cuáles son nuestros CAMINOS, de modo que puedan comenzar a saber quiénes somos NOSOTROS. Nos DISTINGUE de todas las otras denominaciones.

Lo que distingue al pueblo de Dios del resto del mundo es SU PRESENCIA. Así, pues, es apropiado que los “Adventistas del Séptimo Día”, al elegir ese nombre, estén abiertamente compartiendo la PRESENCIA espiritual de Dios experimentada en el reposo de SU SÁBADO, y la PRESENCIA venidera y visible de Dios que experimentaremos en el SEGUNDO ADVENIMIENTO.

“Adventista del Séptimo Día” – en tanto que dice mucho en cuanto a nosotros, en realidad tiene el objetivo de decir mucho en cuanto a Dios. La historia de un Dios que está con nosotros – presente con nosotros a través de todas las horas sagradas del Sábado, ¡las cuales ciertamente se convierten en sagradas solamente por la presencia de Dios! Y la historia de un Salvador que pronto retornará, en persona, para estar eternamente unido con su pueblo.

Así, es a través de los “CAMINOS” que Dios interactúa con los seres humanos, para que otros puedan reconocer el carácter de esa relación.

Hoy, yo también estaría avergonzado de mí mismo si no fuera un adventista del séptimo día. Avergonzado porque estaría lisiado en mis esfuerzos por compartir los caminos de mi Dios, quien ESTÁ presente conmigo cada Sábado, y cuya segunda venida anhelo.

Ana Rebeca Smith, autora, poeta, artista, editora y compositora, compartió la historia de cómo se forjó nuestra identidad en la portada de la Advent Review and Sabbath Herald del 9 de diciembre de 1851. En ella, identifica claramente las dos doctrinas distintivas: el Sábado (“Guardando Todos los Diez Mandamientos”) y la Segunda Venida (“Pronto Él Viene, Descendiendo con las Nubes”).

Por
Stanley D. Hickerson

Fuente: http://ojoadventista-articulos.blogspot.com/2010/10/forjando-una-identidad-por-stanley-d.html

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