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jueves, 26 de agosto de 2010

EL ORIGEN PROFÉTICO DEL PUEBLO DE DIOS: Hacia una identidad profética saludable

La impresionante creciente de denominaciones cristianas, es sin duda, la manifestación de clara inconformidad con los grupos tradicionales. En el mundo evangélico por ejemplo las divisiones en estas últimas décadas son “pan de cada día”, y aunque todas las denominaciones cristianas dicen ser el pueblo verdadero de Dios, es notable que pocos hagan el intento, por lo menos, de argumentarlo a la luz de la Palabra de Dios. La razón, es variada, no obstante, una de ellas es la creencia de que “habrán salvos de todas las iglesias”, o en palabras de Cristo, “tengo otras ovejas que no son de este redil” (Jn. 10:16), y la frase conocida de que “todos los caminos conducen a Roma”. Únicamente basta creer en el Señor Jesús, para ser salvo, esto es, la salvación por gracia, mediante la fe (Ef. 2:8).

Sin embargo, ¿Es la Iglesia Adventista del Séptimo Día simplemente otra denominación más? ¿Puede ser catalogada como una iglesia evangélica sabática? ¿Qué es lo que le hace diferente con otras denominaciones? El adventista de hoy se ve retado, sin duda, a mirar a su derredor al bosque espeso de denominaciones, y demostrar con base, el surgimiento bíblico de su iglesia o de su pueblo. Y no sólo eso, sino que, se ve tentado probablemente a reaccionar frente al “coqueteo” con grupos disidentes en el marco de la iglesia adventista. Este asunto no es nuevo, pero es más que necesario recordarlo.

A través del surgimiento profético del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento, Israel, la presente tiene el objetivo de presentar breves argumentos del surgimiento profético del pueblo de Dios en los últimos tiempos, a decir, la Iglesia Adventista del Séptimo Día.

Dios siempre tuvo un pueblo

Es evidente a la luz de la Biblia que Dios siempre tuvo un pueblo escogido. Desde el Génesis mosaico, al apocalipsis juanino, esa idea es más que notable.

En el principio, la promesa hecha a Adán y Eva, después del pecado, conocida como el protoevangelio (Gn. 3:15), muestra claramente la “simiente escogida” para ser el pueblo de Dios. Por donde vendría el Salvador Jesús.

En tiempos de Noé, el “arca” simbolizaba a la iglesia de Dios. Los que abandonan el mundo corrupto, para ingresar a la “iglesia de Dios” y encontrar la seguridad y salvación (Gn.6:18).[1]

Pero la promesa más clara de un pueblo para bendición, es la que Dios hizo a Abraham, en palabras de Dios, “Y haré de ti una gran nación. Te bendeciré, engrandeceré tu nombre, y serás una bendición. […] Y por medio de ti serán benditas todas las familias de la tierra” (Gn. 12:2,3).

Sin embargo, también le profetizó con detalles el destino de ese pueblo, “Ten por cierto que tus descendientes serán peregrinos en tierra ajena, y serán esclavos y oprimidos durante 400 años. Pero yo castigaré a la nación a quien servirán. Después saldrán con gran riqueza” (Gn. 15:13,14).

Es de esta manera que el pueblo de Dios en el Antiguo Testamento fue profetizado con anterioridad, para su origen y su caminata rumbo a Canaán.

SURGIMIENTO PROFÉTICO DEL PUEBLO DE DIOS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO: ISRAEL

Dos históricos libros se encuentran, el Génesis y el Éxodo, el principio y la salida, para mostrar el origen del primer pueblo de Dios, como indicaba la “agenda divina”.

Génesis registra, “Ten por cierto que tus descendientes serán peregrinos en tierra ajena, y serán esclavos y oprimidos durante 400 años. Pero yo castigaré a la nación a quien servirán. Después saldrán con gran riqueza” (Gn. 15:13,14).

Éxodo hace alusión a Génesis diciendo, “Pasados los 430 años, en el mismo día, salieron de Egipto todos los ejércitos del Señor” (Ex. 12:41). En expreso, la “agenda Divina”, presenta la primera profecía con fecha exacta para el origen del pueblo de Dios.

En la fecha exacta

El texto menciona claramente, “Pasados los 430 años. Ese mismo día”, salieron de Egipto para enrumbarse a Canaán, la tierra prometida. Para algunos estudiosos existe una contradicción cronológica entre los dos textos (Gn. 15:13 y Ex. 12:41), pues en una menciona 400 años y en el otro 430 años.

Sin embargo se debe tener en cuenta las palabras de Pablo, “Esto, pues, digo: La Ley que vino 430 años después, no abroga el pacto previamente confirmado por Dios, para invalidar la promesa” (Gal. 3:17). Mostrando que La Ley (los 10 Mandamientos en el Sinaí) no anula o abroga el pacto hecho con Abraham cuando lo llamó a salir de Ur de los Caldeos (Gn. 12).

Por lo tanto, Moisés considera los 430 años desde que Abraham salió de Ur hasta el día del Éxodo (215 años desde el llamamiento de Abraham hasta cuando realmente descendió Jacob a Egipto, y 215 años más tarde hasta el mismo éxodo), pues desde que Abraham dejó su terruño fue un peregrino.[2]

Conclusión

En consecuencia, Dios había profetizado siglos antes, el surgimiento de su pueblo, el cual sería oprimida, esclavizada, humillada (Ex. 1:13), pero al final sería libertada, no por mano humana sino por mano divina (Ex.14:30,31).

Sin lugar a dudas, el pueblo de Israel tiene un origen profético. Es por ello que a través de la historia, el pueblo israelita, se sentía segura y orgullosa de ser el pueblo de Dios. No por fábulas, ni historietas, sino por su origen profético en la Biblia, la Palabra de Dios. Y aunque esclavos se atrevieron a increparle incluso a Jesús, “Descendientes de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos” (Jn.8:33), poseedores de una identidad profética sin igual.

SURGIMIENTO PROFÉTICO DEL PUEBLO DE DIOS EN EL TIEMPO DEL FIN: IGLESIA ADVENTISTA DEL SÉPTIMO DÍA

Dos libros proféticos se encuentran, Daniel y Apocalipsis, la profecía y la revelación, para mostrar el último pueblo de Dios tal como indicaba la “agenda divina”.

Daniel, el varón muy amado de Dios, dice “Pero tú Daniel, cierra las palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin. Muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia aumentará” (Dn. 12:4).

Juan, el discípulo amado, dice “La voz que oí del cielo me habló otra vez, y me dijo: “Ve toma el librito abierto de la mano del ángel que está en pie sobre el mar y la tierra” (Ap. 10:8).

Es interesante notar que en Daniel encontramos un libro cerrado hasta el tiempo del fin, y en Apocalipsis encontramos un libro que está abierto en el tiempo del fin. Pero surge una pregunta importante, ¿Cuándo es el tiempo del fin? Daniel menciona la respuesta, “Y él respondió: Hasta 2300 días de tardes y mañanas. Entonces el Santuario será purificado. Mientras yo contemplaba la visión, y trataba de entenderla […] Pero él me dijo: “Hijo de Adán, entiende que la visión es para el tiempo del fin (Dn. 8:14-17).

Claramente el tiempo del fin, es dado inmediatamente después del cumplimiento de la profecía más grande con fecha exacta en la Biblia (Dn. 8:14), pues cuando Daniel no entendía se le dice “entiende que la visión es para el tiempo del fin”, es decir la visión de los 2300 días, pues es la que casa más exactamente.[3]

En profecía, las tardes y mañanas, o días completos, deben ser entendidos simbólicamente, un día representa un año (ej. Nm. 14:34; Ez. 4:4-6),[4] es decir 2300 años. Pero surge otra pregunta importante, si son 2300 años literales, ¿Cuándo tienen su inicio? Para ello es imprescindible estudiar las “setenta semanas” de Daniel 9, pues son parte de las “2300 tardes y mañanas” (Dn. 9:24-27). Los exegetas conservadores coinciden en forma generalizada que la mejor fecha para el inicio de la profecía es 457/458 a.C.[5]

En consecuencia, la fecha para la culminación de los 2300 años, “de forma sistemática, los autores historicistas han situado el cumplimiento de los 2300 días entre 1843 y 1847”.[6]

El sermón apocalíptico de Jesús

A Jesús le preguntaron, “Dinos, ¿cuándo serán estas cosas y qué señal habrá de tu venida y del fin del mundo?” (Mt. 24:3). Después de darle algunas señales generales (24:4-28), les presenta señales específicas (24:29-31), después de la persecución. Tres señales astronómicas que son mencionados por el mismo Cristo como eventos antes de Su advenimiento: (1) persecución, (2) “el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor” y (3) “las estrellas caerán del cielo”. Después de ello “Y entonces aparecerá en el cielo la señal del hijo del Hombre, y todas las naciones de la tierra se lamentarán; y verán al hijo del Hombre que viene sobre las nubes del cielo, con gran poder y grande majestad” (Mt. 24:30).

Al confrontar el texto anterior con Apocalipsis 6:12-16 “Miré cuando él abrió el sexto sello. Se produjo un gran terremoto, el sol se ennegreció como un saco de cilicio, la luna se volvió toda como sangre, y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera echa sus higos cuando es sacudida por fuertes vientos […] Y decían a los montes y a las peñas: “caed sobre nosotros, y escondednos de la vista de Aquel que está sentado en el trono y de la ira del Cordero.””

A lectura simple, se nota en expreso que los dos pasajes bíblicos son más que similares. Por historia, conocemos que los eventos descritos en el libro de Apocalipsis tuvieron su cumplimiento como sigue: (1) el terremoto de Lisboa en 1755, (2) el eclipse del 19 de mayo de 1780, y (3) la lluvia de meteoritos el 13 de noviembre de 1833.[7]

Guillermo Miller y la profecía

Hablar del surgimiento del pueblo adventista sin mencionar a Miller es no reconocer cómo Dios guió a su pueblo. Guillermo Miller (1782-1849) es sin duda, la figura cumbre del adventismo.[8] En 1818 llegó a la conclusión que el cumplimento de las 2300 tardes y mañanas, y la purificación del santuario se darían unos 25 años más tarde.[9]

Para Miller, la “purificación del santuario” se refería más explícitamente a la “purificación de la tierra”, es decir, el fin del mundo (Mt. 24:3), y sería purificado con fuego alrededor de 1843. Era en esa fecha aproximada cuando Jesús volvería por segunda vez.

Lo que pocos saben, es que Miller, inicialmente no daba una fecha clara respecto a la “venida de Jesús”, ya que siempre decía: “por el año 1843”. Fue más bien por presión a sus seguidores que se animó a dar una fecha “exacta”, en algún momento de ese año judío, que él calculó corría desde el 21 de marzo de 1843 hasta el 21 de marzo de 1844.[10]

Sin embargo, fue Samuel S. Snow quien convencido, por sus estudios intensivos sobre el tabernáculo mosaico y de los tipos en los festivales judíos, sugirió a Gullermo Miller que Cristo volvería en ocasión al Día de Expiación judía (de los caraítas), en el séptimo mes del año, esto sería en el otoño en vez de primavera de 1844. Es decir el 22 de octubre. Miller y otros dirigentes especiales del movimiento aceptaron esta postura recién el 16 de octubre de 1844, días antes.[11]

Llegado el 22 de octubre de 1844, la experiencia del movimiento adventista fue “dulce como la miel, pero después […] fue amargo” (Ap. 10:10). Dulce por el mensaje precioso y la gran acogida que tuvo, y amargo por el “gran chasco” de no haber visto el regreso de Jesús.

Dios guió al movimiento adventista

Algunos podrían sonreír leyendo la historia del movimiento adventista, pues Jesús mismo dijo: “De aquél día y de la hora nadie sabe” (Mt. 24:36; Mr. 13:32), de la venida de Jesús. No obstante, cuando un sincero lector confronta el sermón apocalíptico de Jesús y las señales astronómicas (Mt. 24:29-31) con las catástrofes del sexto sello (Ap. 12:12-17), no puede dejar de sorprenderse y notar que está hablando del mismo acontecimiento profético.[12]

Guillermo Miller, entendió que Cristo vendría a purificar el santuario (la tierra para Miller), después de las 2300 tardes y mañanas, es decir, el 22 de octubre de 1844, ese sería el día del advenimiento segundo.

Sin embargo, “Dios se propuso probar a su pueblo. Su mano cubrió el error cometido en el cálculo de los períodos proféticos. Los adventistas no descubrieron el error, ni fue descubierto tampoco por los más sabios de sus adversarios. Estos decían: "Vuestro cálculo de los períodos proféticos es correcto. Algún gran acontecimiento está a punto de realizarse; pero no es lo que predice Miller; es la conversión del mundo, y no el segundo advenimiento de Cristo."[13]

Todo estaba profetizado y dirigido por Dios. No importa lo que pensemos acerca del futuro de la iglesia, hay Uno que “hace todas las cosas según el designio de su voluntad” (Ef. 1:11).[14]

En la fecha exacta

Apocalipsis 10 es sin duda el comienzo de la historia adventista. Después del sexto sello (Ap. 6:12-17), y su cumplimiento respectivamente, el 22 de octubre de 1844 es el día de nacimiento de un pueblo con un origen profético, una misión, “Y me dijo: “es necesario que otra vez profetices a muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes”” (Ap. 10:11), y un mensaje relevante “¡Reverenciad a Dios y dadle gloria, porque ha llegado la hora de su juicio! Adorad al que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas” (Ap. 14:7), el juicio investigador, en el marco del santuario celestial.

El mismo día en que Dios había señalado, el 22 de octubre de 1844, nació el pueblo de Dios del tiempo del fin, al finalizar las 2300 tardes y mañanas o años. Como es sabido, esa fecha marca el inicio de una etapa nueva para la historia de la humanidad. Cristo inicia su ministerio sumo sacerdotal en el lugar santísimo del santuario celestial (Heb. 8:2; 9:23, 24 cf. Ex. 25:9, 40; Lv.16).

Conclusión

La última profecía con fecha exacta es la del pueblo Adventista del Séptimo Día y su origen profético. No hay otra profecía más con fecha exacta para el surgimiento de un pueblo de Dios. Al cumplimiento de la profecía de las 2300 tardes y mañanas, ese mismo día, el 22 de octubre de 1844, Cristo dio origen a Su pueblo, que “Guarda los mandamientos de Jesús, y tiene el Testimonio de Jesús” (Ap. 14:12), y es contra ella que Satán se opone (Ap. 12:17), con el pueblo remanente de Dios.

Salen de Babilonia, para ser parte de Israel espiritual, de las tinieblas a la luz admirable (1 Pe.2:9).

CONCLUSIONES

Israel como pueblo de Dios, tuvo un origen profético muy claro, es de suponer que el pueblo de Dios en el tiempo del fin, debe tener un origen similar. Es por ello que, al analizar este asunto a la luz de la Biblia, es notable esta realidad.

El mismo día, tal como Dios lo había dicho, levantó un pueblo para el tiempo del fin. Ese pueblo es el pueblo Adventista del Séptimo Día. El 22 de octubre de 1844 no debe ser vista más como un “chasco”, sino como el inicio del ministerio sumo sacerdotal de Cristo en el Santuario Celestial, y el día del nacimiento del pueblo de Dios.

Dios sacó a Israel de Egipto, para llevarlos a la Canaán terrenal, el mismo día que estaba profetizado. Así, Dios sacó a los Adventistas de Babilonia, para llevarlos a la Canaán celestial, el mismo día en que fue profetizado.

Es impresionante el símil de los dos pueblos de Dios, que “guardan los mandamientos de Dios y tienen el Testimonio de Jesús” (Ap. 14:12), son pueblos para bendición a otras naciones con el evangelio eterno.



[1]Brian Jones, La iglesia: Novia regia de Jesús (Buenos Aires: ACES, 1996), 18.

[2]“La profecía que dice que la cuarta generación de los que habían entrado en Egipto saldría de allí (Gén. 15: 16), y su cumplimiento registrado (Exo. 6: 16-20), hacen imposible cualquier otra explicación del período de los 430 años”. Véase Francis, Nichol, ed., “Éxodo”, Comentario bíblico Adventista del Séptimo Día. 7 vols. Traducido por Victor E. Ampuero Matta (Berrien Springs: Pacific Press Publishing Association, 1980), 1:568.

[3]George R. Knight, La visión apocalíptica y la neutralización del adventismo: ¿Estamos borrando nuestra relevancia? (Buenos Aires: ACES, 2010), 34.

[4]Asociación Ministerial de los Adventistas del Séptimo Día, Creencias de los Adventistas del Séptimo Día (Buenos Aires: ACES, 2007), 359.

[5]George R. Knight, 77.

[6]Ibid.

[7]Enoch de Oliveira¸ La mano de Dios al timón (Buenos Aires: ACES, 1986), 24-25.

[8]Miguel Ángel Núñez, La verdad progresiva. Desarrollo histórico de la teología adventista (Lima: Fortaleza Ediciones, 2007), 19.

[9]Richard W. Schwarz y Floyd Greenleaf, Potadores de luz. Historia de la Iglesia Adventista del Séptimo Día (Buenos Aires: ACES, 2002), 30.

[10]Ibid, 41.

[11]George Knight, 40.

[12]Elena G. de White, El conflicto de los siglos (Buenos Aires: ACES, 2005), 382.

[13]Ibid, 423.

[14]Ty Gibson, Si hay apostasía en la iglesia, ¿Debemos abandonar el barco? (Bogotá: APIA, 1998), 11.


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