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jueves, 26 de agosto de 2010

EL ORIGEN PROFÉTICO DEL PUEBLO DE DIOS: Hacia una identidad profética saludable

La impresionante creciente de denominaciones cristianas, es sin duda, la manifestación de clara inconformidad con los grupos tradicionales. En el mundo evangélico por ejemplo las divisiones en estas últimas décadas son “pan de cada día”, y aunque todas las denominaciones cristianas dicen ser el pueblo verdadero de Dios, es notable que pocos hagan el intento, por lo menos, de argumentarlo a la luz de la Palabra de Dios. La razón, es variada, no obstante, una de ellas es la creencia de que “habrán salvos de todas las iglesias”, o en palabras de Cristo, “tengo otras ovejas que no son de este redil” (Jn. 10:16), y la frase conocida de que “todos los caminos conducen a Roma”. Únicamente basta creer en el Señor Jesús, para ser salvo, esto es, la salvación por gracia, mediante la fe (Ef. 2:8).

Sin embargo, ¿Es la Iglesia Adventista del Séptimo Día simplemente otra denominación más? ¿Puede ser catalogada como una iglesia evangélica sabática? ¿Qué es lo que le hace diferente con otras denominaciones? El adventista de hoy se ve retado, sin duda, a mirar a su derredor al bosque espeso de denominaciones, y demostrar con base, el surgimiento bíblico de su iglesia o de su pueblo. Y no sólo eso, sino que, se ve tentado probablemente a reaccionar frente al “coqueteo” con grupos disidentes en el marco de la iglesia adventista. Este asunto no es nuevo, pero es más que necesario recordarlo.

A través del surgimiento profético del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento, Israel, la presente tiene el objetivo de presentar breves argumentos del surgimiento profético del pueblo de Dios en los últimos tiempos, a decir, la Iglesia Adventista del Séptimo Día.

Dios siempre tuvo un pueblo

Es evidente a la luz de la Biblia que Dios siempre tuvo un pueblo escogido. Desde el Génesis mosaico, al apocalipsis juanino, esa idea es más que notable.

En el principio, la promesa hecha a Adán y Eva, después del pecado, conocida como el protoevangelio (Gn. 3:15), muestra claramente la “simiente escogida” para ser el pueblo de Dios. Por donde vendría el Salvador Jesús.

En tiempos de Noé, el “arca” simbolizaba a la iglesia de Dios. Los que abandonan el mundo corrupto, para ingresar a la “iglesia de Dios” y encontrar la seguridad y salvación (Gn.6:18).[1]

Pero la promesa más clara de un pueblo para bendición, es la que Dios hizo a Abraham, en palabras de Dios, “Y haré de ti una gran nación. Te bendeciré, engrandeceré tu nombre, y serás una bendición. […] Y por medio de ti serán benditas todas las familias de la tierra” (Gn. 12:2,3).

Sin embargo, también le profetizó con detalles el destino de ese pueblo, “Ten por cierto que tus descendientes serán peregrinos en tierra ajena, y serán esclavos y oprimidos durante 400 años. Pero yo castigaré a la nación a quien servirán. Después saldrán con gran riqueza” (Gn. 15:13,14).

Es de esta manera que el pueblo de Dios en el Antiguo Testamento fue profetizado con anterioridad, para su origen y su caminata rumbo a Canaán.

SURGIMIENTO PROFÉTICO DEL PUEBLO DE DIOS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO: ISRAEL

Dos históricos libros se encuentran, el Génesis y el Éxodo, el principio y la salida, para mostrar el origen del primer pueblo de Dios, como indicaba la “agenda divina”.

Génesis registra, “Ten por cierto que tus descendientes serán peregrinos en tierra ajena, y serán esclavos y oprimidos durante 400 años. Pero yo castigaré a la nación a quien servirán. Después saldrán con gran riqueza” (Gn. 15:13,14).

Éxodo hace alusión a Génesis diciendo, “Pasados los 430 años, en el mismo día, salieron de Egipto todos los ejércitos del Señor” (Ex. 12:41). En expreso, la “agenda Divina”, presenta la primera profecía con fecha exacta para el origen del pueblo de Dios.

En la fecha exacta

El texto menciona claramente, “Pasados los 430 años. Ese mismo día”, salieron de Egipto para enrumbarse a Canaán, la tierra prometida. Para algunos estudiosos existe una contradicción cronológica entre los dos textos (Gn. 15:13 y Ex. 12:41), pues en una menciona 400 años y en el otro 430 años.

Sin embargo se debe tener en cuenta las palabras de Pablo, “Esto, pues, digo: La Ley que vino 430 años después, no abroga el pacto previamente confirmado por Dios, para invalidar la promesa” (Gal. 3:17). Mostrando que La Ley (los 10 Mandamientos en el Sinaí) no anula o abroga el pacto hecho con Abraham cuando lo llamó a salir de Ur de los Caldeos (Gn. 12).

Por lo tanto, Moisés considera los 430 años desde que Abraham salió de Ur hasta el día del Éxodo (215 años desde el llamamiento de Abraham hasta cuando realmente descendió Jacob a Egipto, y 215 años más tarde hasta el mismo éxodo), pues desde que Abraham dejó su terruño fue un peregrino.[2]

Conclusión

En consecuencia, Dios había profetizado siglos antes, el surgimiento de su pueblo, el cual sería oprimida, esclavizada, humillada (Ex. 1:13), pero al final sería libertada, no por mano humana sino por mano divina (Ex.14:30,31).

Sin lugar a dudas, el pueblo de Israel tiene un origen profético. Es por ello que a través de la historia, el pueblo israelita, se sentía segura y orgullosa de ser el pueblo de Dios. No por fábulas, ni historietas, sino por su origen profético en la Biblia, la Palabra de Dios. Y aunque esclavos se atrevieron a increparle incluso a Jesús, “Descendientes de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos” (Jn.8:33), poseedores de una identidad profética sin igual.

SURGIMIENTO PROFÉTICO DEL PUEBLO DE DIOS EN EL TIEMPO DEL FIN: IGLESIA ADVENTISTA DEL SÉPTIMO DÍA

Dos libros proféticos se encuentran, Daniel y Apocalipsis, la profecía y la revelación, para mostrar el último pueblo de Dios tal como indicaba la “agenda divina”.

Daniel, el varón muy amado de Dios, dice “Pero tú Daniel, cierra las palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin. Muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia aumentará” (Dn. 12:4).

Juan, el discípulo amado, dice “La voz que oí del cielo me habló otra vez, y me dijo: “Ve toma el librito abierto de la mano del ángel que está en pie sobre el mar y la tierra” (Ap. 10:8).

Es interesante notar que en Daniel encontramos un libro cerrado hasta el tiempo del fin, y en Apocalipsis encontramos un libro que está abierto en el tiempo del fin. Pero surge una pregunta importante, ¿Cuándo es el tiempo del fin? Daniel menciona la respuesta, “Y él respondió: Hasta 2300 días de tardes y mañanas. Entonces el Santuario será purificado. Mientras yo contemplaba la visión, y trataba de entenderla […] Pero él me dijo: “Hijo de Adán, entiende que la visión es para el tiempo del fin (Dn. 8:14-17).

Claramente el tiempo del fin, es dado inmediatamente después del cumplimiento de la profecía más grande con fecha exacta en la Biblia (Dn. 8:14), pues cuando Daniel no entendía se le dice “entiende que la visión es para el tiempo del fin”, es decir la visión de los 2300 días, pues es la que casa más exactamente.[3]

En profecía, las tardes y mañanas, o días completos, deben ser entendidos simbólicamente, un día representa un año (ej. Nm. 14:34; Ez. 4:4-6),[4] es decir 2300 años. Pero surge otra pregunta importante, si son 2300 años literales, ¿Cuándo tienen su inicio? Para ello es imprescindible estudiar las “setenta semanas” de Daniel 9, pues son parte de las “2300 tardes y mañanas” (Dn. 9:24-27). Los exegetas conservadores coinciden en forma generalizada que la mejor fecha para el inicio de la profecía es 457/458 a.C.[5]

En consecuencia, la fecha para la culminación de los 2300 años, “de forma sistemática, los autores historicistas han situado el cumplimiento de los 2300 días entre 1843 y 1847”.[6]

El sermón apocalíptico de Jesús

A Jesús le preguntaron, “Dinos, ¿cuándo serán estas cosas y qué señal habrá de tu venida y del fin del mundo?” (Mt. 24:3). Después de darle algunas señales generales (24:4-28), les presenta señales específicas (24:29-31), después de la persecución. Tres señales astronómicas que son mencionados por el mismo Cristo como eventos antes de Su advenimiento: (1) persecución, (2) “el sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor” y (3) “las estrellas caerán del cielo”. Después de ello “Y entonces aparecerá en el cielo la señal del hijo del Hombre, y todas las naciones de la tierra se lamentarán; y verán al hijo del Hombre que viene sobre las nubes del cielo, con gran poder y grande majestad” (Mt. 24:30).

Al confrontar el texto anterior con Apocalipsis 6:12-16 “Miré cuando él abrió el sexto sello. Se produjo un gran terremoto, el sol se ennegreció como un saco de cilicio, la luna se volvió toda como sangre, y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera echa sus higos cuando es sacudida por fuertes vientos […] Y decían a los montes y a las peñas: “caed sobre nosotros, y escondednos de la vista de Aquel que está sentado en el trono y de la ira del Cordero.””

A lectura simple, se nota en expreso que los dos pasajes bíblicos son más que similares. Por historia, conocemos que los eventos descritos en el libro de Apocalipsis tuvieron su cumplimiento como sigue: (1) el terremoto de Lisboa en 1755, (2) el eclipse del 19 de mayo de 1780, y (3) la lluvia de meteoritos el 13 de noviembre de 1833.[7]

Guillermo Miller y la profecía

Hablar del surgimiento del pueblo adventista sin mencionar a Miller es no reconocer cómo Dios guió a su pueblo. Guillermo Miller (1782-1849) es sin duda, la figura cumbre del adventismo.[8] En 1818 llegó a la conclusión que el cumplimento de las 2300 tardes y mañanas, y la purificación del santuario se darían unos 25 años más tarde.[9]

Para Miller, la “purificación del santuario” se refería más explícitamente a la “purificación de la tierra”, es decir, el fin del mundo (Mt. 24:3), y sería purificado con fuego alrededor de 1843. Era en esa fecha aproximada cuando Jesús volvería por segunda vez.

Lo que pocos saben, es que Miller, inicialmente no daba una fecha clara respecto a la “venida de Jesús”, ya que siempre decía: “por el año 1843”. Fue más bien por presión a sus seguidores que se animó a dar una fecha “exacta”, en algún momento de ese año judío, que él calculó corría desde el 21 de marzo de 1843 hasta el 21 de marzo de 1844.[10]

Sin embargo, fue Samuel S. Snow quien convencido, por sus estudios intensivos sobre el tabernáculo mosaico y de los tipos en los festivales judíos, sugirió a Gullermo Miller que Cristo volvería en ocasión al Día de Expiación judía (de los caraítas), en el séptimo mes del año, esto sería en el otoño en vez de primavera de 1844. Es decir el 22 de octubre. Miller y otros dirigentes especiales del movimiento aceptaron esta postura recién el 16 de octubre de 1844, días antes.[11]

Llegado el 22 de octubre de 1844, la experiencia del movimiento adventista fue “dulce como la miel, pero después […] fue amargo” (Ap. 10:10). Dulce por el mensaje precioso y la gran acogida que tuvo, y amargo por el “gran chasco” de no haber visto el regreso de Jesús.

Dios guió al movimiento adventista

Algunos podrían sonreír leyendo la historia del movimiento adventista, pues Jesús mismo dijo: “De aquél día y de la hora nadie sabe” (Mt. 24:36; Mr. 13:32), de la venida de Jesús. No obstante, cuando un sincero lector confronta el sermón apocalíptico de Jesús y las señales astronómicas (Mt. 24:29-31) con las catástrofes del sexto sello (Ap. 12:12-17), no puede dejar de sorprenderse y notar que está hablando del mismo acontecimiento profético.[12]

Guillermo Miller, entendió que Cristo vendría a purificar el santuario (la tierra para Miller), después de las 2300 tardes y mañanas, es decir, el 22 de octubre de 1844, ese sería el día del advenimiento segundo.

Sin embargo, “Dios se propuso probar a su pueblo. Su mano cubrió el error cometido en el cálculo de los períodos proféticos. Los adventistas no descubrieron el error, ni fue descubierto tampoco por los más sabios de sus adversarios. Estos decían: "Vuestro cálculo de los períodos proféticos es correcto. Algún gran acontecimiento está a punto de realizarse; pero no es lo que predice Miller; es la conversión del mundo, y no el segundo advenimiento de Cristo."[13]

Todo estaba profetizado y dirigido por Dios. No importa lo que pensemos acerca del futuro de la iglesia, hay Uno que “hace todas las cosas según el designio de su voluntad” (Ef. 1:11).[14]

En la fecha exacta

Apocalipsis 10 es sin duda el comienzo de la historia adventista. Después del sexto sello (Ap. 6:12-17), y su cumplimiento respectivamente, el 22 de octubre de 1844 es el día de nacimiento de un pueblo con un origen profético, una misión, “Y me dijo: “es necesario que otra vez profetices a muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes”” (Ap. 10:11), y un mensaje relevante “¡Reverenciad a Dios y dadle gloria, porque ha llegado la hora de su juicio! Adorad al que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas” (Ap. 14:7), el juicio investigador, en el marco del santuario celestial.

El mismo día en que Dios había señalado, el 22 de octubre de 1844, nació el pueblo de Dios del tiempo del fin, al finalizar las 2300 tardes y mañanas o años. Como es sabido, esa fecha marca el inicio de una etapa nueva para la historia de la humanidad. Cristo inicia su ministerio sumo sacerdotal en el lugar santísimo del santuario celestial (Heb. 8:2; 9:23, 24 cf. Ex. 25:9, 40; Lv.16).

Conclusión

La última profecía con fecha exacta es la del pueblo Adventista del Séptimo Día y su origen profético. No hay otra profecía más con fecha exacta para el surgimiento de un pueblo de Dios. Al cumplimiento de la profecía de las 2300 tardes y mañanas, ese mismo día, el 22 de octubre de 1844, Cristo dio origen a Su pueblo, que “Guarda los mandamientos de Jesús, y tiene el Testimonio de Jesús” (Ap. 14:12), y es contra ella que Satán se opone (Ap. 12:17), con el pueblo remanente de Dios.

Salen de Babilonia, para ser parte de Israel espiritual, de las tinieblas a la luz admirable (1 Pe.2:9).

CONCLUSIONES

Israel como pueblo de Dios, tuvo un origen profético muy claro, es de suponer que el pueblo de Dios en el tiempo del fin, debe tener un origen similar. Es por ello que, al analizar este asunto a la luz de la Biblia, es notable esta realidad.

El mismo día, tal como Dios lo había dicho, levantó un pueblo para el tiempo del fin. Ese pueblo es el pueblo Adventista del Séptimo Día. El 22 de octubre de 1844 no debe ser vista más como un “chasco”, sino como el inicio del ministerio sumo sacerdotal de Cristo en el Santuario Celestial, y el día del nacimiento del pueblo de Dios.

Dios sacó a Israel de Egipto, para llevarlos a la Canaán terrenal, el mismo día que estaba profetizado. Así, Dios sacó a los Adventistas de Babilonia, para llevarlos a la Canaán celestial, el mismo día en que fue profetizado.

Es impresionante el símil de los dos pueblos de Dios, que “guardan los mandamientos de Dios y tienen el Testimonio de Jesús” (Ap. 14:12), son pueblos para bendición a otras naciones con el evangelio eterno.



[1]Brian Jones, La iglesia: Novia regia de Jesús (Buenos Aires: ACES, 1996), 18.

[2]“La profecía que dice que la cuarta generación de los que habían entrado en Egipto saldría de allí (Gén. 15: 16), y su cumplimiento registrado (Exo. 6: 16-20), hacen imposible cualquier otra explicación del período de los 430 años”. Véase Francis, Nichol, ed., “Éxodo”, Comentario bíblico Adventista del Séptimo Día. 7 vols. Traducido por Victor E. Ampuero Matta (Berrien Springs: Pacific Press Publishing Association, 1980), 1:568.

[3]George R. Knight, La visión apocalíptica y la neutralización del adventismo: ¿Estamos borrando nuestra relevancia? (Buenos Aires: ACES, 2010), 34.

[4]Asociación Ministerial de los Adventistas del Séptimo Día, Creencias de los Adventistas del Séptimo Día (Buenos Aires: ACES, 2007), 359.

[5]George R. Knight, 77.

[6]Ibid.

[7]Enoch de Oliveira¸ La mano de Dios al timón (Buenos Aires: ACES, 1986), 24-25.

[8]Miguel Ángel Núñez, La verdad progresiva. Desarrollo histórico de la teología adventista (Lima: Fortaleza Ediciones, 2007), 19.

[9]Richard W. Schwarz y Floyd Greenleaf, Potadores de luz. Historia de la Iglesia Adventista del Séptimo Día (Buenos Aires: ACES, 2002), 30.

[10]Ibid, 41.

[11]George Knight, 40.

[12]Elena G. de White, El conflicto de los siglos (Buenos Aires: ACES, 2005), 382.

[13]Ibid, 423.

[14]Ty Gibson, Si hay apostasía en la iglesia, ¿Debemos abandonar el barco? (Bogotá: APIA, 1998), 11.


miércoles, 18 de agosto de 2010

POSTMODERNISMO Y NUEVA ERA: CONEXIONES SUTILES


Ruth es inteligente, hermosa, joven y compasiva. Ella fue a la universidad, tiene un buen trabajo, y para su edad sorprende a los demás con su espiritualidad. ¿Espiritualidad en una era secularizada que está tan profundamente atrincherada con la magia de la tecnología?

No te sorprendas. Ruth encontró un nuevo tipo de “espiritualidad”. Mientras ella pueda usar los avances tecnológicos como un asunto rutinario, no se sentirá obligada para con la ciencia y su magia. De esa magia ha saltado a un misterio. El misterio del misticismo, del mundo fascinante de las religiones orientales, donde el “yo” puede lograr su máximo potencial sin la ayuda de la razón, de Dios, ni de la Biblia.

Ruth hizo un salto cuántico. Como hija de la Postmodernidad, ella niega la historia, el tiempo, el Dios del universo, y el significado último de la Cruz. Pero ella no es mala, en términos de moral o de ética. Ahora abrazó los valores de la Nueva Era. El salto es sutil, sugestivo, y a menudo parece satisfactorio. Ella es feliz.

Y también lo es Satanás.

Ruth no está sola. Durante los últimos años, miles como ella, hijos de la Postmodernidad, se han convertido en seguidores de la Nueva Era. Fueron criados como metodistas, católicos, e incluso adventistas del séptimo día. El hecho es que la Nueva Era se ha convertido en un fenómeno religioso de amplio espectro que atrae a miles de seguidores cansados y desarraigados del tradicional cristianismo.

Este artículo intentará abordar cuatro preguntas: ¿Qué es el Postmodernismo? ¿Qué es, espiritualmente, la Nueva Era? ¿Hay alguna relación entre ambos? ¿Qué precauciones deberíamos tomar contra estos sutiles peligros?

¿Qué es el Postmodernismo?

El pensamiento postmoderno no constituye, propiamente hablando, una concepción del mundo, sino una multiplicidad de ellas.1 Según Fredric Jameson, profesor de Cornell University (USA), un signo típico de que se está ante un pensamiento de corte postmodernista es la cuestión de la “sordera histórica”. Este rasgo se constituye en un elemento clave a la hora de conceptualizarlo. El hombre postmoderno ha olvidado cómo se piensa históricamente, y esto produce grandes dificultades al intentar medir la temperatura de algo que ni siquiera podemos asegurar que sea una “época”.2

Un síntoma clave del pensamiento postmoderno es la negación del tiempo como una dimensión explicativa de los hechos. Por el contrario, en las Sagradas Escrituras se presenta a los eventos históricos unidos teleológicamente, siguiendo un curso definido, con significado y propósito. La visión bíblica del tiempo está gobernada por una filosofía de la historia cuyo tema central es el conflicto cósmico entre Cristo y Satanás. Esta visión del tiempo tiene hitos reconocibles: la creación, la caída, el pacto, Cristo, la obra de la redención, el juicio investigador, y la segunda venida de Cristo con su consecuente retribución de castigos y recompensas, la seguridad de un fin y de un nuevo comienzo. Esta “sordera histórica” padecida por el Postmodernismo niega la relevancia de la línea histórica bíblica y la veracidad de sus eventos principales. Así, si la historia ya no tiene valor, tampoco los hechos que la determinan.

El pensamiento postmoderno está demasiado preocupado con el presente, sin sentir ninguna necesidad de raíces históricas o de un destino atrayente. Esta irrelevancia de la historia y del destino produce una superficialidad que permea la cultura postmoderna a partir de sus principales notas: un culto de la imagen y del simulacro, el ordenamiento de una vida que gira en torno a la tecnología, se entreteje a partir de una retórica del mercado y que ha impuesto su lógica del consumo frenético, un nuevo suelo emocional, directa consecuencia de un galopante irracionalismo gestado a partir de la negación de la Modernidad y sus productos. El resultado es lo que Jean F. Lyotard3 llama una negación de las “narrativas maestras” —programas racionales “que cantaban las esperanzas y la fe en la liberación de la humanidad”.4

Así, mientras el Postmodernismo puede haber sufrido una pérdida radical en lo que éste ha rechazado, ha establecido para sí mismo otros grandiosos proyectos socioculturales, apoyados sobre una fuerte base político-religiosa.

El radical desprestigio en que caen los proyectos utópicos durante la Postmodernidad ve cumplida su complementación, por un lado, en la imposición de proyectos socioculturales —efectivamente “reales”— insuflados por fuertes fundamentalismos político-religiosos y, por otro lado, proyectos globalizantes, también marcadamente ideológicos (por más que la idea del “fin de la historia” pretenda negar la existencia de las ideologías predicando su muerte), y sosteniéndose en el espacio central que ha adquirido la economía en el mundo. Este último tipo de proyecto, más comúnmente conocido como el “Nuevo Orden Mundial”, se presenta como democrático y pluralista en materia de religión, pero de alguna manera se las ha rebuscado para fundirse en un único y hegemónico movimiento de ideas cuya arista cultural-religiosa no es otra que la Nueva Era.

A estos elementos centrales que hemos consignado como constituyentes de la Postmodernidad cabe agregar algunos otros, de índole antropológica y social. La mentalidad vigente en la sociedad postindustrial se configura por su visión fragmentada de la realidad, una orientación pragmático-operacional, antropocentrismo y relativismo, atomismo social y una fuerte tendencia hedonista, caracterizada por la constante búsqueda del placer, el fin de la “ética del deber”,5 una renuncia al compromiso y la responsabilidad y el “desenganche institucional a todos los niveles: político, ideológico, religioso, familiar, etc.”6

En su celo por atacar el secularismo y el frío racionalismo que trajo la Modernidad, la Postmodernidad resalta el rol de las emociones, los sentimientos y la imaginación. Los efectos sociales y culturales de la Modernidad se tornan claramente evidentes: un medio ambiente natural que muere, seres humanos alienados, privados de libertad real, un galopante incremento de la pobreza y la delincuencia, la carencia de identidad individual y nacional como efecto de la política mundial de bloques. Ante esto, ¿qué tiene para ofrecer el Postmodernismo? Un movimiento contracultural que va en busca de gratificaciones inmediatas y no diferidas, una irracionalidad puesta de manifiesto en nuevas formas de conocimiento, liberación sexual7 y la anarquía como norma social.

Mientras tanto, la ciencia también cambia su paradigma y abandona el modelo empirio-racionalista que aspiraba a la universalidad y a la objetividad absoluta del conocimiento. Como resultado, adquiere un carácter probabilístico y pasa a depender más que nunca del ojo del observador. La ciencia actual, luego de la desmitologización epistemológica, ya no es aquel terreno firme y seguro de antaño. Todo esto lleva al científico a encontrarse tal como el hombre de la calle frente al misterio de la realidad, situación epistemológica que favorece la apertura de la conciencia hacia otras dimensiones y las cuestiones últimas. Pensemos por un momento en el impacto que tales ideas pudieron ocasionar en el origen de los conceptos pseudocientíficos que integran la Nueva Era, tales como las medicinas alternativas y la astrología, por ejemplo. En este sentido, la relación entre Postmodernismo y Nueva Era se establece especialmente a partir de la vulgarización de las ideas postmodernas. Parte de éstas han ocasionado en el mundo, que en definitiva no se rige intelectualmente, tendencias que confluyeron y se plasmaron en una nueva (vieja) religiosidad.

Así, en la contracultura postmoderna, el movimiento de la Nueva Era encuentra un suelo favorable para echar raíces y crecer.

¿Qué es la Nueva Era?

Entre los primeros en abrazar la Nueva Era hay figuras estelares de múltiples y variadas disciplinas, como Abraham Maslow, Gregory Bateson, Margaret Mead, Carl Rogers, Aldous Huxley, Paul Tillich, y Shirley MacLaine, entre otros. Una de sus principales plumas, Marilyn Ferguson, verdadera arquitecta de la Nueva Era,8 anunció en su libro La Conspiración de Acuario que había llegado la hora de abandonar la “Era de Piscis” y de entrar en una “nueva era” astronómica gobernada por una conciencia universal y diferente. La Nueva Era asimila la cosmovisión oriental en su propio contexto sociocultural. En un momento de la historia marcado por angustias espirituales,9 la Nueva Era ofrece mística religiosa en un vestido encantador: horóscopos, meditaciones, cristales, y misticismo oriental.10 En su médula, la Nueva Era integra una religiosidad que mezcla sugestiones, magia, reverencia por la naturaleza, y una búsqueda por lo nuevo y lo anómalo, ofreciendo su pretendida “auténtica” experiencia espiritual.

Pero, ¿cuáles son algunas de las características primarias de este fenómeno de la Nueva Era? Primero, es extremadamente diverso. Incluye aspectos tan amplios como el espiritismo, la teosofía, el ocultismo, la astrología, el trascendentalismo y la curación mental.

Segundo, incluye tendencias de movimientos sociológicos contemporáneos, como el anarquismo y el hedonismo de los ‘60, la filosofía Zen, el romanticismo naturalista y el misticismo oriental. En gran parte, este ambiente nuevaerista fue preparado por el movimiento contracultural beatnik de la posguerra americana, cuyo espíritu anarquista y rebelde influyó en la aparición, en la década de los ‘60, de los hippies, cuyos slogans predicaban pacifismo, hedonismo, misticismo, orientalismo, romanticismo naturalista, uso y abuso de drogas, y que se expresó como una utopía mundial cuyas consignas manifiestas eran peace and love.11

Tercero, la Nueva Era ha revertido la tendencia rebelde y contestataria de los ‘60 para presentarse como una experiencia significativa e integrada que afirma el potencial del individuo, permite un estilo de vida burgués, y provee un disfraz religioso para tales actividades.

Cuarto, la Nueva Era es religiosa en sus pretensiones. Pero la religión existe en un ambiente relativista en el cual nadie presume tener toda la verdad. Es la religión de los buenos deseos y el amor, que pide pocas exigencias y sólo ofrece recompensas. No hay en ésta lugar alguno para la Cruz, para la gracia divina, ni para la responsabilidad humana, elementos primordiales del cristianismo bíblico.12

Quinto, la Nueva Era, alineándose con la posición antihistoricista del Postmodernismo, es desestructurante de la realidad. Lo logra por medio de dos conceptos: el karma y la reencarnación. En la base del karma yace “la convicción inamovible de que no hay felicidad ni miseria inmerecidas, que cada hombre da forma a su propia fortuna hasta el más mínimo detalle”.13 Todo lo que sucede es debido al karma; es la fuerza que gobierna la vida. La reencarnación, otro principio de la Nueva Era, niega la realidad de la muerte y afirma la inmortalidad del alma. La vida humana nunca muere, sino que se mueve de existencia en existencia, en diferentes formas y niveles de conciencia, hasta alcanzar una última etapa en la que se llega a ser una misma cosa con Dios. Las buenas obras son la clave para la progresión ascendente en la reencarnación.

Postmodernismo y Nueva Era

Habiendo repasado algunas de las notas básicas que caracterizan al Postmodernismo y a la Nueva Era, y luego de haber examinado cómo el primero proveyó el suelo nutricio en el cual la última cimentó su raíz, ahora estamos listos para analizar algunas conexiones entre ambas. No son pocas.

Primero, aunque cada una está anclada en su propia cosmovisión, ambas comparten un anti-racionalismo que niega la relevancia de la historia teleológica y afirma la supremacía del presente.14 Este “irracionalismo metódico” es, quizás, la base para otros elementos que conforman los paradigmas de la Postmodernidad y de la Nueva Era.

Segundo, ambas comparten una atracción pseudo-religiosa. La verdad, siempre tan light, de la Nueva Era es una aliada perfecta de la ética postmoderna, parafraseando a Lipovetsky, demasiado “débil”. Esta nueva espiritualidad de nuestro tiempo ofrece a sus adherentes la seguridad de la religión y la libertad de la Postmodernidad. La combinación de ambas rechaza todos los legados del pasado y todos los sistemas normativos de valores. Sin ninguna pretensión de permanencia, se pierden en todas las culturas, sembrando la desconfianza hacia cualquier cosa que sea básica y fundamental para la vida humana. Esta desconfianza es percibida política y socialmente como una fuerte predominancia del disenso que reemplaza al “moderno” consenso anterior. Una sociedad gobernada por el disenso se torna rápidamente caótica e insegura. Si todo vale, entonces ¿qué es lo justo? ¿Qué es lo ético? ¿Cuál es la norma correcta?

En tercer lugar, está el nexo del humanismo y la religión. La Nueva Era y el Postmodernismo ofrecen una visión humanística de la verdad y la vida que toma en cuenta cualquier pensamiento religioso y cultural para lograr una armonía universal. Mientras que no asimila la orientación cristiana de ver la vida desde la perspectiva de una gran controversia, buscando un fundamento más elevado a partir de un estilo de vida basado en la Cruz y la redención, la Nueva Era no vacila en citar la Biblia y usar sus ilustraciones; hasta en algunos contextos parece casi cristiana. Tampoco vacila en tomar conceptos prestados de otras religiones que colaboran en su búsqueda de atractivos universales y su oferta religiosa de “paz interior”.

Cuarto, la Nueva Era, funcionando en el mundo de la Postmodernidad, trabaja incesantemente hacia un consenso cuya base es distintiva y señaladamente permisiva, cuyos contenidos apuntan definidamente hacia la divinización de la humanidad, la santidad de la naturaleza y la supervivencia eterna del alma. Así puede ser caracterizada como una utopía del presente—una aspiración que el humanismo moderno no ha logrado, pero que le gustaría hacerlo. Esta glorificación de lo humano, tan central para la Nueva Era, completa el círculo iniciado por el naturalismo y el secularismo, cuyas raíces se hunden en el Renacimiento y el mundo postmedieval.

Quinto, tanto la Postmodernidad como la Nueva Era vagan entre la herencia agnóstica del ateísmo precedente y el neopanteísmo místico oriental. Es agnóstica, porque posee un barniz de tolerancia religiosa que se asienta en la indiferencia hacia la verdadera experiencia cristiana. Es panteísta, porque encuentra lo sagrado en la deificación de la humanidad y la naturaleza. Ambas posturas están entremezcladas, y en esa mezcla mística los adherentes de la Nueva Era parecen encontrar su satisfacción.

Los valores de la Postmodernidad están anclados en una inmanencia absoluta. Esta versión postmoderna del agnosticismo intenta reemplazar el fracaso en el conocimiento de lo divino con una búsqueda de lo sagrado en la propia interioridad: “Seréis como Dios”, dijo la serpiente en el jardín del Edén; el Postmodernismo y la Nueva Era parecen decir: “Tú eres dios”.

Quienes están enrolados en el movimiento de la Nueva Era, o simplemente simpatizan con él, objetarán que, por el contrario, nuestra época está signada por un retorno a la religiosidad, una religiosidad originaria, superadora de las formas conocidas, que produce una vuelta del hombre a Dios y a la naturaleza. No nos engañemos, la Nueva Era no representa novedad alguna en este mundo, es lisa y llanamente un neopanteísmo, que condujo al hombre a su autodivinización.

Cristianos, ¡cuidado!

Luego de ver los argumentos, los atractivos, y los postulados del Postmodernismo y de la Nueva Era, ¿qué podemos hacer como cristianos? Cuidarnos es un buen punto de partida. Los peligros son tan reales y tan atrayentes como los que hubo en el jardín del Edén. Hay al menos cuatro puntos significativos para recordar:

1. En la Nueva Era todo es válido. Lo que más importa es la realización máxima del potencial humano y la unión íntima del hombre con la totalidad de la naturaleza.

2. La Nueva Era rechaza todo lo que es básico para el verdadero cristianismo. Ignora la realidad de la condición humana: el problema del pecado. Como tal, no tiene aplicación para las grandes verdades del cristianismo, tales como la necesidad de la reconciliación del hombre con Dios, la encarnación de Cristo y su sacrificio en la Cruz.

3. La Nueva Era es una pseudoreligión. Mientras que rechaza las verdades fundamentales de la Palabra de Dios, intenta establecer una nueva religiosidad universal en la que hombres y mujeres puedan lograr su potencial completo sin Dios. La clave es el poder humano y el potencial interior. Desde su posición filosófica lanza consignas como éstas: ¡Fuera con toda noción de que “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23)! ¡Abajo con la verdad de que todos necesitan el poder y la gracia de Dios para ser libres del pecado!

4. El poder seductor de la Nueva Era y de formas similares de falsa espiritualidad se incrementará en el futuro, y la única seguridad yace en confiar firmemente en Dios y en su Palabra. No hay sustituto. Los cristianos light son presa fácil para la Nueva Era.

Como cristianos, tenemos una responsabilidad para con nosotros, para con el mundo creado por Dios, y para con nuestro prójimo. Quedan como problemas a resolver, como cristianos que vivimos en este mundo y que aspiramos a la vida eterna en otro renovado, cuestiones tales como los reclamos de la crítica postmoderna de un planeta que fenece; la consecuencia del uso indiscriminado de una técnica y una política que dejaron de estar al servicio del hombre y que están matando la naturaleza creada por Dios; una vida burocratizada, vigilada y planificada por los incontrolables mecanismos de poder a cuyo servicio se colocan los mass media; un ser humano alienado económica, social y culturalmente, que ha perdido la única referencia válida que podía tener de sí mismo: la constante comunicación, cara a cara, con el Dios Creador, personal y trascendente, quien nos motiva a servir a otros inspirados por su amor. El vive y porque él vive, nosotros viviremos también.

ACERCA DEL AUTOR: Fernando Aranda Fraga es profesor y licenciado en Filosofía. Actualmente cursa estudios doctorales y se desempeña como docente y Secretario Asociado de Investigación de la Universidad Adventista del Plata, Argentina. Su dirección: 25 de Mayo 99; (3103) Libertador San Martín, Entre Ríos, Argentina. E-mail: uap@uap.satlink.net.
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Notas y referencias

1. José Rubio Carracedo, Educación moral, postmodernidad y democracia: Más allá del liberalismo y del comunitarismo (Madrid: Trotta, 1996), p. 91. Ver también “El desafío del postmodernismo”, Diálogo Universitario 8:1 (1996), pp. 5-8.

2. Fredric Jameson, Teoría de la Postmodernidad (Madrid: Trotta, 1996), pp. 9, 11.

3. Jean F. Lyotard, Le Posmoderne expliqué aux enfants (Paris: Éditions Galilée, 1986), pp. 29-31.

4. Manuel Fernández del Riesgo, “La posmodernidad y la crisis de los valores religiosos,” en Gianni Vattimo et al, En torno a la posmodernidad (Barcelona: Anthropos, 1994), p. 89.

5. Ver Gilles Lipovetsky, Le crepúscule du devoir: L’ éthique indolore des nouveaux temps démocratiques (Paris: Gallimard, 1992)

6. Fernández del Riesgo, p. 89.

7. Ver Gianni Vattimo, Credere di credere (Milan: Garzanti, 1996)

8. Ver Russell Chandler, Understanding the New Age (Dallas: Word Publishing, 1988)

9. Ver Jean-Claude Guillebaud, La trahison des Lumières: Enquête sur le désarroi contemporain (Paris: Éditions du Seuil, 1995)

10. Fernández del Riesgo, p. 90.

11. Roberto Bosca, New Age: La utopía religiosa de fin de siglo (Buenos Aires: Atlántida, 1993), pp. 37-41.

12. Bosca, p. 46.

13. James Hastings, ed., Encyclopedia of Religion and Ethics, (1980), vol. xii, p. 435.

14. Ver Humberto M. Rasi, “Combatiendo en dos frentes”, Diálogo Universitario 3:1 (1991), pp. 4-7, 22-23.


TÍTULO ORIGINAL: Postmodernismo y Nueva Era: las conexiones sutiles por Fernando Aranda Fraga



viernes, 13 de agosto de 2010

¿AVERGONZADOS DEL EVANGELIO?: CUANDO LA IGLESIA SE MUNDANIZA



Es sabido que uno de los temas que polariza a las iglesias cristianas en la actualidad, es la adoración en el contexto del culto. La adoración no es un tema nuevo. No obstante, ha sido este tema el motivo de la rebelión de Satanás.[1] Y constituye el tema en el tiempo del fin. No sorprende entonces que el mensaje del primer ángel, en el libro de Apocalipsis invite a adorar al Creador (Ap. 14:7), esto a nivel escatológico.



LA ADORACIÓN EN EL CONTEXTO DEL CULTO EVANGÉLICO


Las iglesias del tipo pentecostal y las carismáticas, las milagrosas con extraños objetos “sagrados” a cambio de una suma de dinero y “fe” son la clara evidencia de que han perdido su punto de partida en la Biblia, la Palabra de Dios. Es interesante notar que los predicadores evangélicos más famosos son los extravagantes que se han hecho aclamados por sus sermones de motivación o de superación personal, de prosperidad y de milagros por doquier, todo ello matizado con una “larga lista de chistes o comentarios jocosos”. Y es que a leguas se nota que se han dado cuenta que el mundo actual adolece de esos temas. “Se pagan grandes sueldos a ministros elocuentes para que entretengan y atraigan a la gente. Sus sermones no deben aludir a los pecados populares, sino que deben ser suaves y agradables como para los oídos de un auditorio elegante. Así los pecadores del mundo son recibidos en la iglesia, y los pecados de moda se cubren con un manto de piedad.”[2]


El culto que presentan en las iglesias es como un súper mercado, que debe ser abastecido por productos que la gente prefiera. Si un producto no tiene demanda, entonces simplemente se cambia por un producto que está de moda, que la gente prefiera. El detalle es que la clientela debe ir en aumento, debe encontrar todo lo que necesita en el súper mercado (la iglesia). Música, sermones, programas, temas, todo a su gusto. Todo este asunto, tiene que ver con el pragmatismo (si da resultados sirve, sino no es errado) como filosofía camuflada. No obstante, ese pensar puede asemejarse inclusive con el pensamiento maquiavélico, donde no importa los medios con tal de llegar al fin deseado. Triste pero nada más lejano a la realidad.


La mensajera del Señor menciona: “Hablando de la actitud actual de los profesos cristianos para con el mundo, un notable periódico profano dice: "Insensiblemente la iglesia ha seguido el espíritu del siglo, y ha adaptado sus formas de culto a las necesidades de la actualidad."”[3]



¿Y EN LA IGLESIA ADVENTISTA?


En el ceno de la iglesia adventista, el asunto no es muy diferente.[4] A pesar de ser considerados como una iglesia bíblica, es de realistas reconocer que día a día, la adoración en el contexto del culto, es más que preocupante. Esto es claro pues aunque se habla mucho de adoración, no existe una teología de la adoración definida.


Es importante mencionar que cuando se habla de un culto, no necesariamente se debe referir únicamente al que se realiza en el templo, si no a todo lugar donde se invoque el nombre de Dios. Pues “Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt.18:20). Teniendo en cuenta este principio, la motivación del adorador será Dios, y no el hombre, pues la adoración que Dios demanda es teocéntrica y no antropocéntrica. Es decir, el culto tendrá como fin Dios, esto se puede alcanzar poniendo como base la Biblia.


A continuación algunos ejemplos de adoración corrompida en el contexto del culto.



CUANDO LA MÚSICA SE MUNDANIZA


Cuando el pueblo de Israel cruzó el Mar Rojo, inmediatamente después el pueblo entonó cántico en honor a Dios (Ex. 16) En expreso, se evidencia que la música es parte de la adoración que le rinde un pueblo que ha sido redimido del la esclavitud del pecado. Pero la adoración musical debe ser con entendimiento y no solo por emoción.


“Cuando la música se mundaniza” El título pude sonar ofensivo, pues se utiliza el término “mundaniza”, pero no necesitamos ir al mundo para tomar ejemplos, únicamente basta con compararlo con la música evangélica que hace un buen tiempo nos lleva la delantera en este aspecto.


Así, ¿En qué se diferencia la música adventista de la evangélica? ¿Podríamos diferenciar un concierto adventista de un concierto evangélico? Cuando vemos a un cantante adventista ¿lo diferenciamos de un evangélico?


El lugar, luces sicodélicas, decoraciones extravagantes, humo artificial, espejos cortadores que son iguales a los conciertos de rock.


¿Qué decir de los cantantes y músicos? Vestimenta informal, peinados a la moda, poses artísticas, juego de voces innecesarios, gritos y gemidos que más parecen a los conciertos mundanos.


¿Y la música y letra? “Baladas espirituales”, un poco de rock, country; letras repetitivas y sin sentido como “espérame…”, “Yo no necesito el plan…”, “Qué sería de mí”, letras que sin problemas podría dedicarlas a mi esposa o novia, y no necesariamente a Dios.


El público en respuesta a la euforia loca, aplaude sin parar, gritan y vociferan como en los conciertos de música secular.


Sin duda alguna, Satán que en el cielo era el director de los coros del cielo, es un experto en hacer de la adoración musical que le pertenece a Dios, una adoración corrompida. Pues es una adoración sin fundamento, sin base en Su Palabra. Triste, pero real.


La mensajera del Señor aconseja respecto a la música y alabanzas en los cultos:



El poder de la música


“La música puede ser un gran poder para el bien; y sin embargo no sacamos el mayor provecho de este ramo del culto. Se canta generalmente por impulso o para hacer frente a casos especiales. En otras ocasiones, a los que cantan se les deja cometer errores y equivocaciones, y la música pierde el efecto que debe tener sobre la mente de los presentes. La música debe tener belleza, majestad y poder. Elévense las voces en 459 cantos de alabanza y devoción. Si es posible, recurramos a la música instrumental, y ascienda a Dios la gloriosa armonía como ofrenda aceptable.”[5]



Cantar con el espíritu y el entendimiento


“En sus esfuerzos para alcanzar a la gente, los mensajeros del Señor no han de seguir los métodos del mundo. En las reuniones que se celebran, no tienen que depender de cantores mundanos y fausto teatral para despertar el interés. ¿Cómo se puede esperar que aquellos que no tienen interés en la Palabra de Dios, que nunca la han leído con el sincero deseo de comprender sus verdades, canten con el espíritu y el entendimiento? ¿Cómo pueden estar sus corazones en armonía con las palabras de un himno sagrado? ¿Cómo puede el coro celestial unirse a una música que es únicamente una forma?


Ningún término es demasiado enérgico para describir lo malo del culto formal, pero no hay palabras que puedan presentar debidamente la profunda bendición del culto verdadero. Cuando los seres humanos cantan con el espíritu y el entendimiento, los músicos celestiales siguen los acordes, y se unen al canto de acción de gracias. El que otorgó a todos los dones que los habilitan para ser colaboradores con Dios, espera que sus siervos cultiven sus voces, para poder hablar y cantar de tal manera que todos puedan comprender. No es un canto fuerte lo que se necesita, sino una entonación clara, una pronunciación correcta y una articulación distinta. Tomen todos tiempo para cultivar la voz, para poder cantar las alabanzas de Dios en tonos claros y suaves, no en tonos duros y chillones que ofendan el oído. La capacidad de cantar es un don de Dios; sea, pues, usado para gloria suya.


En las reuniones que se celebren, elíjanse a unos cuantos para que tomen parte en el servicio de canto. Y sea el canto acompañado de instrumentos musicales hábilmente manejados. No debemos oponernos al empleo de instrumentos de música en nuestra obra. Esta parte del servicio ha de ser dirigida con cuidado; porque el canto ha de alabar a Dios. El canto no ha de ser entonado siempre por unos pocos. Tan a menudo como se pueda, participe en él la congregación.”[6]


Pero no haya confusión, por favor, el Manual de la IASD, declara justamente las pautas de la verdadera adoración musical. Sin embargo, es problema de las iglesias que dejan que este asunto sea pisoteado.[7]




CUANDO LOS SERMONES SE MUNDANIZAN


Debemos predicar en primer lugar a Cristo. “Muchos de nuestros predicadores se han contentado con hacer meramente sermones, presentando temas de una manera argumentativa, haciendo escasa mención del poder salvador del Redentor”.[8]


El consejo anterior es sin duda de gran importancia cuando se va a presentar la Palabra de Dios. Es Cristo el foco de todas las Escrituras. No obstante lo que antes era extraño para algunas iglesias adventistas con respecto a sus predicadores hoy es tan común. Ver, por ejemplo a predicadores adventistas “chistosos”, “jocosos”, puede parecer un “estilo de presentar la Palabra de Dios”, sin embargo la Palabra de Dios no debiera ser rebajada a ese nivel.


Un sermón en donde se cuentan solo historias y experiencias de la vida cotidiana con chispitas de bromas y anécdotas que lo único que causan es risa y después del sermón, los comentarios son variados.


Algunos adventistas se han acostumbrados a sermones así, y cuando ven a un predicador que utiliza la Biblia y el Espíritu de Profecía les parece aburrido. Alguna vez alguien me dijo: “Para mí un buen sermón, es aquél que me haga reír o llorar”. Qué triste, es decir, que para que un sermón supuestamente sea bueno sebe apelar al sentimentalismo, a la alegría o al llanto. Un pastor decía: “sermones cebolleros”. La Palabra de Dios debe ser presentada con autoridad, los sermones deben ser expositivos o bíblicos. Aunque a la mayoría no les guste por estar acostumbrados a ver telenovelas, películas románticas, de acción, ciencia ficción y de comedia. Pero un momento señores, el púlpito no es un teatro, donde uno encontrará falseadas. La Biblia es un Libro de realidades. Hay cosas que desagradan, pero debemos aceptarlas y realmente queremos ser salvos.


No imagino a Pablo, Pedro y a los demás apóstoles predicando con sus risas y bromas en la sinagoga.


Algunos consejos de Elena G. de White cómo debieran ser las predicaciones adventistas:



Presentaciones positivas y con autoridad


“Presentad el claro "así dice el Señor" con autoridad, y exaltad la sabiduría de Dios en la Palabra escrita. Inducid a la gente a decidirse; mantened la voz de la Biblia siempre ante ellos. Decidles que habláis lo que sabéis y que testificáis de aquello que es verdad, porque Dios lo ha dicho. Sean vuestras predicaciones cortas y al punto, y al mismo tiempo exigid una decisión. No presentéis la verdad de una manera formal, mas permitid que el corazón sea vitalizado por el Espíritu de Dios, y que vuestras palabras sean habladas con tal certidumbre, que los que oyen sepan que la verdad es una realidad para vosotros (Carta 8, 1895).”[9]



Las predicaciones largas no forman parte del evangelio


“Son muchos los errores cometidos en las reuniones religiosas con largas oraciones y largas predicaciones, voz nerviosa, forzada, con notas y tonos antinaturales. El ministro se agota y aflige a la gente con ejercicio duro y penoso, y totalmente innecesario. Los ministros deben hablar de manera que alcancen. e impresionen a la gente. Las enseñanzas de Cristo eran impresionantes y solemnes, su voz era melodiosa. ¿No debiéramos nosotros estudiar la manera de tener una voz melodiosa, como la que tenía Cristo? (2T 617).”[10]



La verdadera inteligencia en la predicación


“Un hombre puede hablar en forma fogosa y complacer el oído, pero no llevar a la mente una idea nueva, o una verdadera inteligencia. Las impresiones recibidas durante estas predicaciones, no duran más que el tiempo que se escuche la voz del predicador. Cuando se busca el: fruto de esa labor, se encuentra que es muy escaso (1T 447).”[11]


Al igual que la adoración musical, la Iglesia Adventista del Séptimo Día en el Manual de Iglesia detalla como deben ser los cultos adventistas y sus predicaciones, no obstante, es la comunidad, la hermandad que hacen caso omiso a este detalle.



¿DÓNDE RADICA EL PROBLEMA DE LA MUNDANIZACIÓN DE LAS IGLESIAS?


Simple como parezca en mal entender cuál es la razón de la iglesia. Preferimos no utilizar el término “misión”, puesto a que ésta es asociada con la predicación del evangelio. En cambio, cuando nos referimos a la “razón” de la iglesia nos estamos adentrando al tema de la ADORACIÓN. Y es que se debe recordar que el GRAN CONFLICTO se desató justamente por la ADORACIÓN. Satán quería la adoración que le correspondía exclusivamente a Dios. No obstante, al no conseguirlo en el cielo, lo buscó en la tierra, entre la creación de Dios.


¿Para qué creó Dios a la humanidad? Para que le adore. Entonces la humanidad fue creada por Dios para que ella le rinda adoración únicamente a Dios. Esa es la razón de la iglesia: ADORAR A DIOS.


Por otro lado, con la entrada del pecado, se puso en acción el plan de salvación, el pueblo de Dios tenía que predicar las buenas nuevas del evangelio, y así lo hizo y lo hace. Esto es la misión de la Iglesia: PREDICAR EL EVANGELIO.


Por tanto, ADORACIÓN: Razón, y EVANGELISMO: Misión.


Ahora, si nosotros olvidamos esas premisas, al realizar un culto en el contexto de iglesia, cometeremos el horror del mundanalismo. Pues en el afán de alcanzar a otros para Cristo, predicaremos, cantaremos y haremos programas tipo secular con tal de que la gente se sienta cómoda. En cambio, cuando nuestro foco es la ADORACIÓN a Dios, entonces haré un culto, un campamento, un sermón teniendo como base, la adoración a Dios.



CONCLUSIÓN


Cada vez que un culto se desvía de los principios divinos provistos en su Palabra, en afán de alcanzar a los perdidos a los pies de Jesús. Estamos mostrando directa o indirectamente que NOS AVERGONZAMOS DEL EVANEGELIO. Nos avergonzamos del evangelio no porque tengamos vergüenza predicar, sino porque NO predicamos o presentamos la VERDAD como Dios nos habla a través de Su Palabra y del Espíritu de Profecía.


No soy dogmático, ni cucufato, para nada, pero creo que es tiempo de diferenciar nuestros cultos, nuestros conciertos, campamentos, de los seculares, de los evangélicos.



La Palabra de Dios menciona claramente:


“Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo el que cree; primero al judío y también al griego” (Rom. 1:16).


“Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, preso suyo. Antes participa de los sufrimientos del evangelio por el poder de Dios… Por eso padezco, pero no me avergüenzo, porque sé a quien he creído, y estoy seguro de que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Tim. 1:8,12).


"El que se avergüence de mí y de mis Palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se avergonzará también de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles" (Mr. 8:38).


Recordemos que Dios quiere que le adoren como desea. Desea una adoración del tipo de Abel y no la de Caín que aunque buenos, no era el que Dios había pedido. Así, adoremos a Dios como quiere, no como se nos plazca.

REFERENCIAS:


[1]Para un panorama más amplio ver Norman Gulley, El caballo de Troya de Satanás (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2006), 11-36; Elena G. de White, Patriarcas y profetas (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1987), 11-23; Asociación Ministerial de la Asociación General de la Iglesia del Séptimo Día, Creencias de los Adventistas del Séptimo Día (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2007), 81, 82,109-117.



[2] Elena G. de White, El conflicto de los siglos (Buenos Aires: ACES, 2005), 437.



[3] Ibid.



[4]Cláudio Hirle, “¿Culto para Dios o para nosotros?”, Revista Adventista (septiembre 2009), 12.



[5]Elena G. de White, Joyas de los Testimonios (Buenos Aires: ACES, 1987), 1:458, 459.



[6]Elena G. de White, Obreros evangélicos (Buenos Aires: ACES, 1987), 370,371.



[7]Asociación General de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, Manual de Iglesia (Buenos Aires: ACES, 2006), 108,109.



[8]Ibid,156.



[9]Elena G. de White, El evangelismo (Buenos Aires: ACES, 1987), 218.



[10] Elena G. de White, La voz: Su educación y uso correcto (Buenos Aires: ACES, 1987), 280.



[11] Ibid, 320.

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