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domingo, 13 de septiembre de 2009

El cristiano y la política

Por Bert B. Beach
¿Debe desempeñar el cristiano algún papel en la política? ¿Pueden un miembro o la iglesia misma estar involucrados en la política? ¿Cómo deben relacionarse ellos con el estado y con las autoridades políticas del momento? Estas y otras preguntas han surgido desde el mismo nacimiento de la iglesia cristiana.
Algunos adventistas creen que la iglesia no tiene ningún papel político que desempeñar, y que el papel del cristiano, como individuo, es insignificante. Esta idea está fundada en el concepto de que el reino de Cristo no es de este mundo. Otros adventistas insisten que tanto los individuos como la iglesia tienen responsabilidades sociopolíticas indiscutibles para mejorar las condiciones de vida. Algunos cristianos van varios pasos más allá alegando que la tarea más grande del cristianismo es trabajar para lograr un orden político cristiano que conduzca al establecimiento del reino de Dios en la tierra. Entre estas dos tendencias extremas existe una gran gama de variaciones.
El ejemplo de Cristo
Solamente en muy raras ocasiones Jesús hizo referencia al tipo de sociedad política a la cual debían aspirar él y sus discípulos. El no asumió la posición de ser un reformador o defensor sociopolítico. Tampoco enunció ninguna plataforma política. Las tentaciones en el desierto tenían una clara dimensión política y él las resistió. A pesar de que tuvo más de una oportunidad para asumir el mando del pueblo aprovechando situaciones en que se podría dar un golpe de estado (por ejemplo, la alimentación de la multitud y la entrada triunfal a Jerusalén), no escogió esa opción.
Al mismo tiempo, las enseñanzas de Jesús pueden conducir a un significativo acontecimiento sociopolítico cuando son vividas por la comunidad cristiana. El les ofreció buenas nuevas a los pobres, libertad a los oprimidos y “vida en abundancia” (Juan 10:10). Por lo tanto, los adventistas contemporáneos, al seguir el ejemplo de los cristianos a través de los siglos, deben reconocer que pesa sobre sus hombros cierta responsabilidad social. Los pioneros predicaban no solamente el evangelio de la salvación personal, sino que también estaban interesados en los alcohólicos, los esclavos, las mujeres oprimidas y en las necesidades educacionales de los niños y los jóvenes.

La Biblia y la responsabilidad sociopolítica
La responsabilidad sociopolítica del cristiano está basada en dos fundamentos bíblicos. Primero, la doctrina de la creación. Dios creó ex nihilo un universo y nos estableció como mayordomos gobernantes de este mundo. La mayordomía incluye responsabilidad y obligación de responder por medio del dominio sobre la jurisdicción que le ha sido asignada.
Segundo, la doctrina de la humanidad. Los seres humanos han sido creados a la imagen de Dios. Los parámetros de la responsabilidad humana con respecto al servicio descansan dentro de este concepto bíblico de la naturaleza humana. El punto de vista cristiano es que los hombres y mujeres no son una resaca que flota en el mar de la vida, sino personas con un papel responsable que desempeñar y con un futuro brillante. Este potencial humano ofrece propósito, dirección y optimismo a los cristianos que sirven a otros en el ambiente comunal.
Por lo tanto, el cristianismo no es una religión de un individualismo insular o de una introversión aislante, sino que es una religión de comunidad. Los dones y las virtudes cristianas conllevan implicaciones sociales. La dedicación a Jesucristo significa dedicación a todos los hijos de Dios, lo cual engendra la responsabilidad por el bienestar de otros.

El dilema de la doble ciudadanía
Los cristianos sinceros afrontan el dilema de la doble ciudadanía. Por un lado, pertenecen al reino de Dios y por otro, a su país de ciudadanía. Son parte de la “nueva humanidad” y viven en medio de la “vieja humanidad”. ¿Existe aquí un conflicto inherente? ¿Debe la juventud adventista escoger una ciudadanía y renunciar a la otra? No cabe duda de que en algunas ocasiones puede haber un conflicto cuando las demandas o deberes de una ciudadanía chocan con los de la otra. En tales casos la Escritura es clara: “Es menester obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hechos 5:29).
Sin embargo, el reino de Dios no está aislado del mundo presente; “entre vosotros está” (Lucas 17:21). En otras palabras, el reino de Dios es una esfera, una dedicación, una actitud y una manera de vida y pensamiento que se infiltra en la totalidad de nuestra existencia y da especial significado a nuestra ciudadanía nacional. Es la soberanía de Dios que invade la vida humana.

El “no hacer nada” es una acción política
El orden político de la sociedad es la provisión providencial de Dios para la humanidad caída. Dios no le pide a la “gente buena” de la sociedad que se mantenga fuera del proceso gubernamental y se aleje del control socio-político y económico, dejándolo en manos de los “malhechores”. Los cristianos deben ser la sal y la luz de un mundo social y por lo tanto no pueden optar sencillamente por salirse del proceso político. En realidad, una abdicación tal sería en sí una acción política que abre el camino para el control político por aquellos que apoyan algo menos que los valores cristianos. El “no hacer nada” es una receta segura para que el pecado llegue a ser el amo. Los adventistas tienen tanto el derecho como el deber de usar su ciudadanía terrenal con el fin de mantener a la iglesia libre para poder cumplir con su mandato y ayudar como individuos a satisfacer las urgentes necesidades sociales.

Deberes de la ciudadanía política
Los adventistas afrontamos por lo menos cuatro deberes de ciudadanía política.
Primero, el deber de la oración a favor de los que ocupan cargos gubernamentales. Necesitamos orar pidiendo ayuda divina en la solución de algunos de los problemas socio-políticos que afectan la vida humana negativamente y también por la proclamación del evangelio. Las oraciones y las súplicas de los fieles se elevan mucho más allá que las declaraciones y acuerdos que llenan montañas de papel reciclable.
Segundo, el deber de votar y presentar peticiones ante las autoridades gubernamentales. Los adventistas debiéramos votar, aun cuando a veces tengamos que hacerlo escogiendo entre el menor de dos o más males. En relación con esto, registrarse para votar es el primer paso que debe darse.
Tercero, el deber de educarnos y estar bien informados. Los adventistas, no menos que otros ciudadanos, necesitamos estar involucrados en una educación continua con respecto a los problemas que afectan la vida presente como la futura. La ignorancia política no aumenta la dicha espiritual.
Cuarto, el deber de lanzarnos y mantener una posición pública. Los adventistas tenemos este derecho constitucional. Además, algunos nombramientos a puestos gubernamentales no requieren lanzarse a una campaña. Ellen White declara que no hay nada malo en aspirar a sentarnos “en asambleas legislativas y deliberantes, y dictar leyes para la nación”.1 Sin embargo, aconseja que los pastores y los maestros empleados por la denominación se abstengan de actividades políticas partidarias.2 La razón que da es clara: La política partidaria corre el riesgo de crear disensiones. Un pastor podría fácilmente dividir su congregación debido a diferentes partidos y debilitar en gran manera su habilidad de servir como pastor de todo el redil.

Peligro de politización
Habiendo subrayado las responsabilidades y privilegios del ciudadano, se hace necesario dar una advertencia contra el peligro de la politización tanto de los individuos como de la iglesia. Los adventistas, al igual que otros cristianos, corren el peligro de ser engañados por César. El éxito en la política involucra transigencias, la exaltación personal, el ocultar debilidades y el juego de papeles partidarios. A veces, se vuelve necesario aceptar un curso de acción que no se corresponde con las mejores convicciones morales del individuo. La política es un jefe exigente y puede convertirse en algo totalmente absorbente. Los políticos cristianos caminan sobre una cuerda floja. Deben evitar contaminarse por la característica irónica y totalmente absorbente del activismo político que puede degradar sus esfuerzos a tal punto que podría parecer que no hay un Dios involucrado en los asuntos del hombre.
Hay un creciente aumento del peligro de politización dentro de las iglesias. Esto no solamente ha conducido a la participación de la iglesia en actividades políticas, sino también a la interpretación de la fe cristiana y del evangelio en términos de valores políticos. En muchas iglesias el interés parece haberse desviado de la moralidad individual a la moralidad social. El resultado ha sido que en ciertos segmentos de la iglesia se ha permitido que las ideas seculares sirvan para modelar los valores cristianos de manera que hay muy poca diferencia entre lo secular y lo sagrado. Es triste ver que por lo general, a menudo las actitudes cristianas son las mismas que las de la sociedad en general.

Participación discreta de parte de la iglesia
Lo que acabamos de decir nos indica la necesidad de una participación política juiciosa. Una iglesia mundial con miles de instituciones, con 10 millones de miembros adultos y muchos más seguidores, no puede evitar de tener contacto con el Estado y de participar en la política, que es el arte de gobernar. No solamente los individuos, sino también las organizaciones de la iglesia, tienen derechos y responsabilidades. La iglesia tiene el derecho de intervenir en lo que respecta a la legislación o acciones reglamentarias que afectan la misión de la iglesia, ya sea de manera positiva o negativa.
La iglesia nunca (¡y nunca es una palabra fuerte!) debe identificarse con un partido político o sistema político en particular. Una identificación tal podría resultar en un alfa rápido de privilegios temporales, pero que inevitablemente arrastrará a la iglesia por el resbaloso declive político hacia el omega de la parálisis evangelística y profética.
En resumen, “la iglesia deber ser la iglesia” y no una agencia sociológica más. Su enfoque más promisorio para lograr un cambio en la sociedad es transformar individuos, gente. Al hacer esto, los adventistas cumpliremos de una manera doble la misión de Dios en el mundo: Evangelismo y servicio.
Bert B. Beach (Ph.D., Universidad de París, Sorbonne) es el director de relaciones entre iglesias de la Asociación General. Su dirección es: 12501 Old Columbia Pike, Silver Spring, MD 20904, EE. UU. de N.A.

Notas y referencias
1. Elena White, Mensajes para los jóvenes (Publicaciones Interamericanas) p. 33.
2. White, Obreros evangélicos (Casa Editora Sudamericana) pp. 406-410.

EL VERDADERO DÍA DE REPOSO...!

El sábado es más que un día de descanso mental y físico. Es incluso más que un día para la adoración. El sábado tiene un significado definidamente redentor, está en estrecha relación con el evangelio eterno. El Nuevo Testamento utiliza frecuentemente la palabra reposo para referirse a las buenas nuevas de salvación en Jesucristo (Mat. 11:28; Heb. 4:2,3). Desde la misma entrada del pecado, ese prometido reposo salvífico en Cristo ha estado relacionado con el sábado. Es por eso que en el Antiguo Testamento a los días principales de fiesta se les designaba sábados de reposo. Todos ellos apuntaban hacia el Mesías, y hacia su obra redentora.
El significado del sábado, desde el punto de vista de Dios
La palabra sabbath significa "reposo", y el primer hecho que descubrimos en el Antiguo Testamento es que el sábado pertenece a Dios. Él lo llama "mi día santo" (Isa 58:13); "mis sábados" (Éx. 31:13). "El séptimo es sábado para Jehová tu Dios" (Éx. 20:10). Claramente, el sábado pertenece a Dios: es antibíblico calificarlo como el "sábado judío". Sí, fue hecho para el hombre (Mar. 2:27), pero no pertenece al hombre –sea éste judío o gentil–. Pertenece a Dios.
La siguiente pregunta lógica es: ¿Por qué razón el Dios todopoderoso, que obviamente no necesita descanso, apartó el séptimo día como su día especial de reposo? La respuesta bíblica a esa cuestión es que Dios separó ese día de sábado, ese día de reposo, para significar su obra perfecta y completa en la creación (Gén. 1:31; 2:1-3; Heb. 4:4). Ese hecho tiene una importancia capital para nuestra comprensión del evangelio.
Hemos de tener presente que ese sábado es el séptimo día de Dios, no el nuestro. Dios dedicó seis días para la creación de todo lo que es y tiene nuestro planeta. Entonces apartó (santificó) el séptimo día como su sabbath (Éx. 20:11). Adán y Eva fueron creados al final del sexto día (Gén. 1:26-31). Por lo tanto, el sábado (o séptimo día) de Dios, de hecho, para la raza humana fue el primer día completo de existencia. Veamos porqué es eso importante, especialmente al considerar el sábado a la luz de la redención en Cristo.
Dios obró seis días en la creación de este mundo. Solamente descansó cuando su obra fue perfecta y completa (Gén 2:1,3). Adán y Eva, por otro lado, no comenzaron obrando; dedicaron por entero su primer día de vida a reposar en el sábado de Dios. Solamente después que hubieron "entrado" en el reposo de Dios continuaron con los seis días de labor. El ser humano comenzó por recibir primeramente toda la obra de Dios como un don absolutamente gratuito. Solamente entonces pudo la humanidad disfrutar de la creación, en los restantes seis días de la semana.
Lo mismo que la creación, la salvación comienza, no haciendo algo, sino reposando en la obra perfecta y acabada de Jesús, realizada en su vida y en su muerte. Lo mismo que Adán y Eva dedicaron su primer día al reposo sabático, antes de emprender su actividad común, nosotros podemos disfrutar las bendiciones de la salvación solamente reposando primeramente en la perfecta justicia que Jesús ha provisto. Esa perspectiva muestra que el reposo del sábado viene a representar el fundamento mismo de la verdad gloriosa de la justicia por la fe.
Cuando Dios puso aparte (santificó) el sábado, entró en una relación de pacto eterno con la raza humana, una relación en la que el ser humano habría de depender siempre de Él. Así, cuando Adán y Eva pecaron, escogiendo depender de ellos mismos más bien que de Dios, rompieron ese pacto dado por Dios. Como resultado perdieron el verdadero descanso que el sábado simbolizaba. "Con el sudor de tu rostro comerás el pan" (Gén. 3:19). Pero Jesús vino a este mundo con el expreso propósito de restaurar ese reposo que la raza humana había perdido al caer en el pecado (Mat. 11:28). Haciendo tal cosa, restauró el significado del sábado. A fin de recibir las buenas nuevas de la salvación, hemos de retornar a ese principio fundamental del reposo sabático que fue dado a nuestros primeros padres.
El Nuevo Testamento aclara que Jesucristo fue el agente por medio del cual Dios llevó a cabo tanto la creación (Juan 1:3; Col. 1:16; Heb. 1:2,10) como la redención Juan 3:16, 17; Rom. 3:24; 1 Cor. 1:30; Gál. 3:13; Col. 1:14; Tito 2:14; Heb. 9:12; 1 Ped. 1:18; Apoc. 5:9). De la misma forma en que Cristo acabó la creación al final del sexto día y reposó el séptimo, acabó también la redención en la cruz en el sexto día y reposó en el sepulcro el séptimo día (Juan 17:4; 19:30).
Más aún, la obra de Cristo para la restauración, que será completa al final de su ministerio celestial (1 Cor. 15:24-26; Heb. 2:13), está también ligada al sábado (Isaías 66:22, 23). Su obra de restauración será una obra perfecta y completa, tanto como lo fueron la creación y la redención. Por lo tanto, el sábado tiene un triple significado para nosotros: creación, redención y restauración.
Dado que Cristo es nuestro Creador, Redentor y Restaurador, tiene el perfecto derecho a reclamar para sí el título de "Señor del sábado" (Mar. 2:28; Luc. 6:5; Apoc. 1:10). Cuando la nación judía lo rechazó como Mesías, su observancia del sábado perdió el significado. Es por ello que Hebreos dice: "Por lo tanto, queda un reposo [en el original escrito sabbatismos: reposo sabático] para el pueblo de Dios" (4:9). Toda observancia del sábado que no sea motivada por una respuesta de fe a la perfecta expiación efectuada por Cristo en la cruz, es falsificación, y pertenece todavía al antiguo pacto de salvación por las obras.

El significado del sábado, desde el punto de vista del hombre
Dios creó el mundo mediante Cristo, para nuestro propio bien. No hicimos ninguna contribución a la creación; simplemente la recibimos como un don de Dios. Si bien el sábado pertenece a Dios –tal como hemos visto–, lo mismo que el mundo, Dios los hizo en beneficio nuestro (Éx. 31:13; Eze. 20:12; Mar. 2:27). Dios puso aparte, o santificó, el reposo del sábado para recordarnos que Él es nuestro amante proveedor y que dependemos de Él para todo lo que nos es necesario.
Es significativo el hecho de que Dios estableció ese pacto con el ser humano antes de la entrada del pecado. Por lo tanto, si Adán y Eva nunca hubieran pecado, hoy seguiríamos guardando el sábado de Dios como día de reposo. Cuando el pecado entró en el mundo, no obstante, destruyó el significado original del reposo sabático. El pecado es rebelión contra nuestra dependencia de Dios y una demanda de depender solamente del yo (Rom. 1:21; Fil. 2:21). Por lo tanto, cuando el pecado nos separó de Dios (Isa. 59:2), el sábado perdió ese significado para nosotros. El hombre introdujo entonces su propio día de reposo, el domingo. No obstante, a diferencia del día de reposo de Dios, el día por el que el hombre lo sustituyó no señala hacia una obra perfecta y completa –sea en la creación o en la redención–. Ese hecho es de importancia capital a la luz de los acontecimientos finales del gran conflicto entre la salvación por la fe, simbolizada por el sábado instituido por Dios, y la salvación por las obras, simbolizada por el domingo instituido por el hombre.
Sobre la cruz, Jesucristo realizó una redención perfecta y completa, el sexto día, de la misma forma en que había completado una obra perfecta en la creación al final de aquel sexto día (Luc. 23:54). De esa forma restauró el reposo del sábado que había dado en el Edén, y que había sido arruinado por el pecado. Ahora, todos los que reciben el evangelio por la fe entran una vez más en el reposo salvífico de Dios, del cual es señal el sábado (Heb. 4:2, 3; Éx. 31:13; Eze. 20:12; Isa. 58:13, 14). En el sermón de la montaña, Jesús enseñó claramente que si buscamos primeramente su reino y su justicia (que es por la fe), todas nuestras necesidades serán cubiertas (Mat. 6:33).
En otras palabras, el evangelio ha provisto una vía por la que podamos escapar de la dependencia hacia nosotros mismos, que es la causa de todos nuestros problemas, y regresar a la dependencia hacia Dios, que es la fuente de todo gozo y felicidad. Pero una cosa es segura: No podemos servir a dos señores. No podemos servir a Dios y al yo (Mat. 6:24-34). Cuando entramos en el reposo de Dios, su día de reposo ha de ser el nuestro. Es el signo exterior que denota nuestro vivir por la sola fe. Guardar el sábado según esa motivación de la fe es verdadera observancia del sábado.
La ley y el sábado
Antes de que podamos considerar el sábado en relación con la ley de Dios, debemos recordar que Dios no dio jamás la ley como un medio de salvación (Rom. 3:28; Gál. 2:16). Ese fue el error de los judíos. El error del antiguo pacto, que desembocó en el fracaso más miserable (Rom. 9:30-33; Heb. 8: 7-11). Por lo tanto, cualquiera que guarde el sábado de Dios a fin de ser salvo, está repitiendo el error de los judíos y está pervirtiendo el propósito mismo del reposo del sábado. Cuando hacemos de la observancia del sábado un requisito para la salvación, no estamos en absoluto entrando en su reposo. No estamos conmemorando una salvación perfecta y completa.
En lugar de eso, estamos convirtiendo el sábado exactamente en lo opuesto a aquello para lo que lo instituyó Dios. Lo estamos convirtiendo en un medio de salvación por las obras. Una tal observancia del sábado carece por completo de sentido.
¿Cómo, pues, guardará el sábado un cristiano que ha sido salvo por la gracia, por medio de la fe?
El Nuevo Testamento, especialmente el apóstol Pablo, enseña claramente que Dios no dio nunca su ley como un medio de salvación. De hecho, antes que Dios diese a los judíos su ley, en el monte Sinaí, les declaró: "Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de tierra de Egipto, de casa de servidumbre" (Éx. 20:2). Primeramente, Dios redimió a Israel, y después, dio su ley a los israelitas. Moisés aplicó específicamente ese principio a la observancia del sábado (Deut. 5:15). Sin embargo, aunque Dios no nos dio la ley como un medio de salvación, ciertamente quiere que consideremos su ley como la norma para la vida cristiana (Rom. 13:8-10; Gál. 5:13, 14; 1 Juan 5:1-3; 2 Juan 6).
La verdadera motivación para guardar la ley, dijo Jesús, es el amor (Mat. 22:36-40; Juan 14:15). El Antiguo Testamento concuerda con ello (Deut. 6:5; Lev. 19:18). Sin embargo, no está en nuestra mano el generar ese amor a partir de nuestras propias naturalezas pecaminosas puesto que se trata del amor agape, el amor que sacrifica el yo, un amor que solamente se origina en Dios. Por lo tanto, Dios nos da ese amor como su don a nosotros, mediante el Espíritu Santo (1 Cor. 12:31; 13:13; Rom. 5:5). Dios no nos da ese amor con el fin principal de que fluya hacia Él, lo que haría que Dios mismo fuese "egoísta", sino que nos da ese amor desprovisto de egoísmo a fin de que podamos reflejarlo hacia otros como evidencia del poder salvador del evangelio sobre el yo (Juan 13:34, 35; Rom. 5:5; 2 Cor. 5:14, 15). Eso es lo que significa tener la ley escrita en nuestros corazones (Heb. 8:10).
Los primeros cuatro, de entre los diez Mandamientos de Dios, tienen que ver con nuestra relación con Él; los últimos seis se refieren a la relación con nuestro prójimo. Puesto que el amor (agape) "no busca lo suyo" (1 Cor. 13:5), ¿cómo obedeceremos los primeros cuatro mandamientos en armonía con el carácter de Dios, desprovisto de egoísmo? Recordando que la única forma en la que podemos obedecer es mediante la fe. Sólo podemos obedecer los primeros cuatro mandamientos por la fe, viviendo la experiencia del nuevo nacimiento, y con esa experiencia viene el don del amor, que nos capacita para guardar los últimos seis mandamientos (amor hacia nuestro prójimo).
El Nuevo Testamento tiene poco que decir sobre nuestra obediencia a los cuatro primeros mandamientos, puesto que todo cuanto Dios pide de nosotros, en lo referente a nuestra relación con él, es fe (Juan 6:28, 29; Heb. 11:6; 1 Juan 3:23). Espera de nosotros que ejerzamos esa fe motivada por la apreciación profunda de su supremo don de amor, encarnado en Jesucristo (Gál. 5:6). De forma que la única forma en que podemos obedecer el cuarto mandamiento es por la fe: entrando por la fe en el reposo de Dios. En ese contexto, el sábado demuestra ser el sello de la justicia por la fe.
La controversia sobre el sábado-domingo.
La cuestión decisiva no es la que en apariencia podría significar la mera diferencia entre uno y otro día (sábado y domingo). Muchos cristianos sinceros, guardadores del domingo, están hoy reposando plenamente en Cristo para salvación. Están guardando el día equivocado, pero por la razón correcta, por la verdadera motivación. De igual manera, muchos cristianos sinceros guardan hoy el sábado porque piensan que esa observancia del sábado les salvará. Están guardando el verdadero día de reposo, pero lo hacen por la razón equivocada. Ambos están en necesidad de corrección, y si lo permitimos, el Espíritu Santo lo hará, a medida que nos guíe a toda la verdad (Juan 16:13).
Cuando el evangelio del reino sea predicado a todo el mundo por testimonio a todas las naciones (Mat. 24:14), polarizará a toda la raza humana en solamente dos grupos: los creyentes y los incrédulos (1 Juan 5:19). Habrá solamente aquellos que reposen plenamente en Cristo, y los que lo hayan rechazado irreversiblemente. En el tiempo del fin, todos los que se alisten bajo la bandera de Cristo adorarán al Señor del sábado; su observancia del sábado será el signo exterior (el sello) de la justicia que recibieron ya por la fe, de la misma manera en que Abraham "recibió la circuncisión como señal, como sello de la justicia de la fe que obtuvo estando aún incircunciso" (Rom. 4:11).
Al final del tiempo, aquellos que hayan deliberadamente vuelto sus espaldas al don gratuito de Dios de salvación en Cristo, adorarán al "dragón que había dado autoridad a la bestia" (Apoc. 13:3, 4). Exaltarán el domingo como el día de reposo del hombre, en (oculto) desafío al día de reposo de Dios. El meollo, pues, en el conflicto final, no será solamente la controversia entre dos grupos de cristianos, ni siquiera entre dos días distintos de reposo, sino entre dos métodos de salvación opuestos. El conflicto se centrará en el sábado, significando la salvación por la sola fe, y el domingo, significando la salvación por el esfuerzo humano.
A lo largo de toda la Escritura, el asunto fundamental va referido a la disyuntiva 'salvación por fe, versus salvación por obras'. En el corazón del mensaje de la Biblia está la salvación por la gracia, hecha efectiva por medio de la fe (Hab. 2:4; Rom. 3:28; Gál. 2:16; Efe. 2: 8, 9; Heb. 10:38, 39; Heb. 11:1-40). En el corazón de toda religión falsa está la salvación por las obras. En tiempos antiguos el domingo vino a ser, no solamente el día para el reposo físico y mental del hombre, sino que por encima de todo simbolizaba el día de reposo espiritual y adoración basado en la creencia pagana de que el sol era el principal de los dioses. Eso se hizo prominente en el imperio Romano, en los días de Cristo. De manera que, desde su mismo origen, el reposo del domingo es una institución pagana que representa la justicia propia, en contraste con el sábado de Dios, señal de la justicia que viene solamente por la fe. Esos conceptos opuestos de la salvación han estado en conflicto desde la entrada del pecado, y son irreconciliables.
Cuando el verdadero evangelio de la justicia por la fe sea plenamente restaurado y predicado a todo el mundo por testimonio, toda persona tendrá que hacer la elección: por Cristo, o contra Él (Deut. 30:19, 20; Jos. 24:13-15; Rom. 9:30-33; Fil. 3:3-9). En ese tiempo, el sábado será el sello de Dios, representando la justificación por la fe. La observancia del domingo, en contraste con lo anterior, representará la marca de la "bestia", significando el rechazo del hombre de la gracia salvífica de Dios en Cristo (Apoc. 14:9-11). Cuando se promulguen leyes que hagan obligatoria la observancia del domingo, significará el rechazo deliberado y final del mundo hacia el ofrecimiento amoroso de Dios, de salvación mediante su Hijo.
Esa es la "abominación de la desolación" de la que habló Cristo (Mat. 24:15). Los que insistan entonces en el reposo del domingo estarán en oposición consciente y voluntaria al sábado de Dios, y recibirán las plagas, la ira de Dios derramada sin mezcla de misericordia (Apoc. 14:9, 11). En contraste, los que se adhieran al sábado del séptimo día en ese ambiente de oposición, lo harán solamente mediante una fe inconmovible en Dios.
Atravesarán el tiempo de angustia y habrán lavado sus ropas, y las habrán emblanquecido en la sangre del Cordero (Apoc. 7:14).
Debido a que tantos cristianos tienen ideas todavía confusas acerca de la salvación, la verdadera naturaleza del conflicto entre el sábado de Dios y el domingo (pagano-papal) del hombre tampoco se comprende aún con claridad. Pero cuando los dos métodos opuestos de salvación vengan a ser confrontados, la verdadera importancia del sábado será igualmente manifiesta. En ese tiempo la observancia del sábado será de una forma muy especial la prueba de la fe.
Que Dios nos de a cada uno la gracia y el valor para mantenernos por la verdad. "El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve. Amén; sí, ven, Señor Jesús. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros. Amén" (Apoc. 22:20, 21).
Por: Jack Sequeira (en http://www.libros1888.com/repsab.htm).

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